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5:00 am. Lunes 26 de Septiembre de 2022
Opinión
5:00 am. Lunes 26 de Septiembre de 2022

Colombia es una nación que por años ha padecido la terrible enfermedad de la guerra. Enfermedad que no solo ha dejado una aterradora y sangrienta cifra de muertes y millones de víctimas de todo tipo, sino que ha sumido a nuestro país en una cotidianidad en la que la violencia y la corrupción se han normalizado al punto de hacer parte de nuestras vidas.

En mayor o menor medida, todos los colombianos padecemos esta enfermedad de la guerra. Pero, los más veteranos también hemos sido testigos de los numerosos intentos por superarla. La receta ha sido siempre la misma: la paz.

Aunque en la retina de los más jóvenes esté vivo solamente el proceso de paz con las Farc-EP culminado en 2016, y aun cuando en el debate nacional apenas se refieran a éste para denunciar sus falencias o exaltar sus virtudes, cabe recordar que antes de esa anhelada firma del acuerdo en el Teatro Colón ya se habían adelantado 11 procesos de paz con otras guerrillas y demás grupos armados al margen de la ley.

Toda esta historia pareciera hacernos expertos en la paz, pero que hayan sido tantos los conflictos internos, también expone nuestra experticia en hacer la guerra. Se nos ha hecho habitual lograr un acuerdo de paz, desmovilizar a un grupo armado, y ver cómo en unos años un nuevo actor armado se pone el traje de la guerra y recicla una violencia que parece enquistada en la esencia de nuestra patria.

Tanta guerra, tanta muerte y tanto dolor nos ha dejado un país profundamente enfermo en lo social, económico y psicológico, al punto que los remedios de la paz no han logrado curarlo.

Soy un convencido de la paz, pero los hechos son tozudos y pese a tantos procesos y tantos acuerdos es evidente que aún no la hemos alcanzado. Tal vez, esto se deba a que todos los esfuerzos anteriores por obtener la 'paz' han sido parciales, ya sea para desmovilizar a determinado grupo o para mitigar una situación concreta de violencia que se ha salido de control. Por eso, muchos vemos con buenos ojos que ahora se invoque a una 'Paz Total'.

El ambicioso propósito de la 'Paz Total' se perfila como la nueva receta para sanar a nuestra Colombia enferma. Se revive el anhelo de tener un país donde no se dé por descontada la naturalidad de la muerte, un país donde la cifra de 450.664 homicidios en el marco del conflicto, revelada por el informe de la Comisión de la Verdad, cause un verdadero remordimiento nacional que nos una bajo el propósito de cerrar por fin el capítulo de la guerra.

Es innegable que el paso más importante lo dimos con el acuerdo con las Farc, no solo porque se desmovilizaron más de 13 mil combatientes y se logró que la guerrilla más grande y antigua del hemisferio occidental cambiara las armas por la política, sino porque en las páginas del acuerdo hay una hoja de ruta para atacar a las verdaderas raíces de nuestro conflicto: la desigualdad, el hambre, la exclusión política, el narcotráfico y la concentración de la tierra.

Por eso la nueva receta de la 'Paz Total' pasa en primera instancia por el compromiso del Gobierno Petro para implementar lo pactado en La Habana y en segunda por ampliar el foco para cobijar dentro de distintos procesos paralelos a todos los actores armados que quedan en Colombia, llámese ELN, Clan del Golfo, disidencias o bandas criminales.

El primer reto será detener el derramamiento de sangre, lo cual se traduce en lograr el cese al fuego por parte de los grupos armados. Desde la firma de la paz hasta la fecha han muerto más de 1.300 líderes sociales y firmantes del acuerdo. En los últimos tres años han ocurrido 246 masacres. Tanta muerte no puede ser normalizada. ¡Es urgente parar la matanza!

No será fácil, porque toda esta violencia responde a varias causas y los grupos que la ejercen tienen diferentes motivaciones. Es claro que a todos no se les puede dar un tratamiento político como el que tuvieron las Farc en su momento. Por eso se hace necesario un nuevo marco jurídico de sometimiento a la justicia, el cual ya fue anunciado y llegará al Congreso de la República en el transcurso de esta semana. Sin duda, se trata de un paso importante para dar luces de cómo se adelantarán en la práctica las negociaciones de la paz total.

En esto pensaba mientras acudía al teatro a ver la obra 'Labio de Liebre', magistralmente escrita, dirigida y protagonizada por Fabio Rubiano. Una obra que retrata a un señor de la guerra atormentado por los fantasmas de su pasado, los cuales lo visitan en la forma de una familia víctima del conflicto que murió por su culpa.

En dicha obra, la tragedia y la comedia se mezclan de forma tan natural como en la propia vida, y lejos de brindar respuestas o acusar culpables, nos invita a reflexionar sobre dos caminos que abre la guerra: la venganza y el perdón.

La cultura tiene esas cosas. Crea ficciones que nos hace confrontar con la realidad. El deseo de venganza de la sociedad es inevitable. Después de todo han sido horribles los efectos de la guerra. Pero, para poder superarla definitivamente, el perdón se hace esencial y necesario. Si queremos pasar la página de la muerte y abrirle paso a la vida en nuestro país, debemos estar dispuestos a perdonar, sin que esto nos haga renunciar a nuestra capacidad de reclamar y expresar nuestro dolor.

Por algo, el artículo 22 de nuestra Constitución Política reza: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. Este mandato se renovó en las pasadas elecciones y el presidente Petro lo sabe. Quienes nos consideramos promotores de la paz debemos estar prestos a avanzar hacia ese propósito nacional.

Eso sí, aprendiendo de los errores del pasado. Es hora de que las regiones, la ciudadanía y la sociedad civil participen activamente en los diálogos de paz, y, sobre todo, en la implementación de las políticas que de estos deriven.

Si de verdad queremos alcanzar una 'Paz Total' no podemos concentrarnos únicamente en pactar una desmovilización bajo un enfoque de orden público. Una política integral de seguridad humana y de 'Paz Total' debe servir para instaurar en Colombia una cultura de la paz, de respeto por los derechos humanos, la libertad de expresión y hacer de la solidaridad, el pluralismo y la igualdad valores nacionales.

Tal vez así, quienes hoy son niños puedan crecer en una Colombia sana y en paz, donde la guerra sea parte de una historia que debamos conocer y respetar, pero sin cargarla dentro de nuestra piel y nuestra psiquis colectiva, como nos ha tocado hacer a generaciones y generaciones de colombianos.

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