Unimetro
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10:39 am. Domingo 20 de Septiembre de 2020
Opinión
10:39 am. Domingo 20 de Septiembre de 2020

En la historia de la transformación de la sociedad se ha notado una tensión muy fuerte, proveniente de dos conceptos aparentemente irreconciliables: reforma o revolución. En ciertos tiempos, los alineados con la revolución eran vistos como los duros, los ortodoxos, y a los reformistas se los veía como los blandos, la encarnación del revisionismo.

En la historia de los movimientos revolucionarios del siglo XX queda mucha evidencia de ese debate, que dividió en partes irreconciliables a quienes pretendían el cambio social. Pero esa fue una confrontación producida antes de la aplicación de las teorías consideradas como las más revolucionarias en la primera revolución socialista del planeta, la Revolución Rusa.

Después del triunfo de esta revolución, la fuerza de los acontecimientos puso en segundo plano la discusión, o catapultó hacia la cima a los partidarios de la revolución violenta como la había concebido Marx, en tanto que colocó a la defensiva a los reformistas.

Tiempo después de aplicarse, en muchos lugares del planeta, las alternativas de Marx para superar la economía de mercado (violencia de clase, partido único, ideología única, estatismo, totalitarismo, etcétera) queda abierto el camino de la reflexión histórica y política para comprender, sin temor y con mucho equilibrio, cuáles fueron sus efectos a todos los niveles.

Es indudable que no se podía saber si esas estrategias funcionaban o no antes de su aplicación en la práctica. Las grandes revoluciones y los países donde se implementaron tales medidas, han servido de laboratorio para explorar si las teorías radicales del pensador alemán son viables o no.

El laboratorio de la historia ha sido muy duro con las ideas del fundador del marxismo. El estatismo a ultranza no ayudó a resolver los problemas de la producción de riqueza, ni a facilitar el reparto de esta. Por el contrario, ese estatismo productivo y distributivo contribuyó a lentificar la economía.

A lentificar el proceso económico y a volverlo demasiado ineficiente, sobre todo en cuanto a producción de bienes y servicios. El reparto inadecuado de los bienes de consumo (muy centralizado y administrado burocráticamente) y la paquidermia productiva están entre las raíces del fracaso del socialismo en la Unión Soviética, en China y en todos los lugares en que se ha aplicado.

Otro problema de fondo que provino de la aplicación de los modelos de Marx fue el de la implantación de una dictadura cerrera y sectaria que, por su comportamiento ideológico, se parecía bastante a las dictaduras religiosas del medioevo, y a las peores autocracias musulmanas contemporáneas.

El totalitarismo marxista controló completamente la sociedad, y dejó muy poco espacio a la libertad. Mató la libertad política a nombre de la libertad y el humanismo, y terminó orquestando un régimen que convertía en enemigos o infieles a quienes no estuvieran de acuerdo con los líderes del momento.

Ese totalitarismo ayudó a implantar regímenes crueles y asesinos, todos justificados bajo el paraguas de la revolución. Los gulags soviéticos, las grandes matanzas camboyanas y la represión sistemática contra los librepensadores en todos los países socialistas son hechos que se derivan de ese laboratorio de la historia.

El totalitarismo marxista demostró, en la práctica, que con las ideas de Marx es imposible hacer triunfar en el planeta el humanismo que se ha ido cosechando con el paso de los siglos. En cuanto a modelo represivo, ese socialismo le envidia poco al fascismo, a pesar de las diferencias que, en otros campos, muestran los dos sistemas.

Lo problemas anotados no los ven la mayoría de las personas que aún creen en las supuestas soluciones de Marx. Y no los ven porque, para ellos, lo teórico no se comprueba en la práctica social, y porque, aunque piensen lo contrario, esa práctica no es su principal criterio para definir qué es la verdad.

La mayoría de los marxistas de hoy han dejado de ser científicos, se mueven en un círculo conservador, idealista y cuasi místico, en el cual las ideas del fundador no se comprenden como guías para la acción, sino como verdades reveladas que hay que mantener a raja tabla, contra toda evidencia.

En este punto, su comportamiento no se parece al de Marx en el siglo XIX, pues los seguidores repiten, casi místicamente, las ideas del fundador sin tener en cuenta su fracaso en el siglo XX. Su fracaso económico, político y humano, como lo prueba la caída de la Unión Soviética, la transformación capitalista en China y la inoperancia de las sociedades socialistas actuales en otros sitios.

Repetir esas ideas inviables sin detenerse a analizar la historia del siglo XX, y continuar aspirando a una “nueva” sociedad al estilo de la que soñó Marx, equivale a convertir su ideario en una especie de milenarismo utópico que pide lo que pide más por invocación religiosa que por interés científico.

Si el capitalismo salvaje también está en crisis, si el milenarismo socialista o el fascismo resultan inadecuados para enfrentar el presente y el futuro de la sociedad, ¿la única alternativa que queda es cruzarse de brazos? Esta parece ser la lógica del extremismo de izquierda y de derecha, o sea, del milenarismo socialista y de los partidarios del fascismo.

La experiencia histórica del siglo XX demuestra que estas no son las únicas opciones posibles, que hay otras vías, aunque también muy difíciles. Como lo están demostrando algunos países europeos, es posible avanzar hacia sociedades más humanistas, pluralistas y libertarias, sin matar la libertad y el humanismo, como lo hicieron los estalinistas y los fascistas.

La única ruta que queda para continuar desarrollando sociedades con una economía activa, que genere riqueza y no estancamiento, no es la de la revolución que aún propone el milenarismo de izquierda, sino la ruta de la reforma inteligente, la del cambio gradual y razonado, que sepa asimilar la experiencia histórica para evitar los errores.

No tiene gracia matar la economía estatizándolo todo para después someter a la población a una miseria consensuada, a una dependencia extrema del Estado y de la burocracia, y a un maltrato continuo por la escasez de bienes o servicios, o por la mala calidad de los mismos, enmarcados siempre en una forma de distribución que no ha funcionado bien nunca en ningún país socialista.

Tampoco tiene gracia ofrecer una sociedad mejor en el más allá, al estilo de los ofrecimientos de varias religiones, como si el ahora no importara, o como si fuera bueno hacer una revolución para vivir peor que en las condiciones de la economía de mercado. Vivir peor no solo en el ámbito económico, sino en el de la libertad para pensar y para ser, bajo el mando de una élite partidaria cuasi religiosa.

La reforma inteligente, ganada a pulso por los sectores humanistas de la sociedad, es la única ruta posible, después del fracaso del estalinismo, del fascismo y del capitalismo salvaje. Una reforma que sepa tocar el reparto de la riqueza social, pero que no afecte la economía que no daña el medio ambiente y a los seres humanos.

Una reforma que refuerce el desarrollo del Estado de derecho, del pluralismo, la democracia y la libertad, que son las condiciones indispensables para la expansión de un humanismo real, de un humanismo basado en la tolerancia y el respeto de todo cuanto contribuya a construir una sociedad menos desequilibrada y una economía con rostro más humano.

Después de haber recibido la experiencia del siglo XX, resulta indiscutible que repetir la experiencia totalitaria del fascismo o de los marxistas representa un salto al vacío que no haría avanzar sino retroceder las ruedas de la historia.

Lo que se requiere ahora es una reflexión profunda que tenga por epicentro la práctica y la ciencia para liberarnos del idealismo, del misticismo y del milenarismo. Después de todo lo ocurrido, el reformismo inteligente y el humanismo es el único camino. No hay otro.

    

 

  

  

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