Unimetro
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10:57 am. Domingo 17 de Enero de 2021
Opinión
10:57 am. Domingo 17 de Enero de 2021

Los graves sucesos de la toma del Capitolio, por parte de los amigos del presidente Donald Trump, plantean una serie de interrogantes sobre el conflicto político norteamericano. Entender las características de los grupos que apoyan al mandatario saliente permite explicar mejor lo que se denomina el extremismo de ultraderecha, y su papel en la realidad actual de los Estados Unidos.

Existen varios patrones globales o transversales, conectados con la tradición y la cultura, que aún son predeterminantes en la sociedad norteamericana. Uno de ellos es el racismo, el cual data de le época colonial y tiene a sus espaldas una guerra terrible en el siglo XIX, que casi acaba con la unión federal.

El racismo es, sobre todo, de los blancos contra los afrodescendientes, y no es un fenómeno exclusivo de las élites (o de los blancos poderosos de la economía), ya que infecta a las capas medias y a los trabajadores. Este es un patrón decisivo dentro de la cultura, y muy resistente al cambio.

Es muy resistente al cambio por la separación demográfica tan nítida que aún existe entre blancos y negros, y por las férreas tradiciones que lo nutren, proceso que no ha sido atenuado por el mestizaje y la educación, como ocurrió en Latinoamérica y otros lugares, donde hay variedades del racismo, pero, quizás, no con la intensidad y la extensión del que ocurre en USA.

Ese racismo que proviene de los grupos blancos posee otro ingrediente sustancial que ayuda a explicar su intensidad y duración: la aporofobia, es decir, la aversión o el rechazo a los pobres, la cual se aplica contra la mayoría de los afrodescendientes, y contra las minorías derivadas de la inmigración de América Latina, Asia y África, especialmente.

El hecho de ser blanco y pobre no excluye la posibilidad de ser racista, como se ha visto en las turbas que se tomaron el congreso norteamericano. El ser blanco y pobre tampoco excluye la pertenencia a organizaciones que le rinden culto al irracionalismo, a las posiciones anticientíficas más extremas (basadas en teorías conspirativas), lo cual es otro rasgo decisivo y transversal de la cultura estadounidense.

El país más opulento del planeta carga sobre sus hombres con uno de los problemas más gruesos del racismo actual, combinado con mucha ignorancia, y con una desigualdad económica que retroalimenta el racismo y la irracionalidad en amplios sectores de la población. Esta bomba de tiempo condiciona la actitud de las turbas del presidente.

Ese complejo entramado cultural y socioeconómico fue el que aprovechó Donald Trump para hacerse elegir presidente. La “ideología”, la demagogia y la hábil manipulación de los instintos más primitivos le hizo dominante en el Partido Republicano, pues en esa agrupación política coexisten muchas de las fuerzas de ultraderecha del espectro político, y las personas o grupos que representan a los supremacistas blancos, a los armamentistas, a los conservadores religiosos, a los aporofóbicos rabiosos, a los místicos, anticientíficos y conspiranoícos de todos los colores.

Después de tomarse y dividir a ese partido (relegando a un segundo plano a los sectores del liderazgo de derecha que no son tan indecentes como él), Trump se fue con todo a seducir a un electorado más amplio, que se parecía a él. Con las mentiras y el escándalo le bastó, pues el terreno estaba abonado, culturalmente hablando, para que conectara con quienes le veían como uno de los suyos.  

Hay que reconocerle a Trump que supo entusiasmar con su demagogia a la periferia situada en los sectores medios, y a la pobresía descontenta simpatizante de su partido (y predispuesta a votar por él), entusiasmo provocado a base de fake news, desinformación, populismo mediático y mucha agresividad.

Donald Trump amplió las bases de su partido, pero al alto precio de irrespetar a las instituciones, destrozar las normas más elementales de la decencia, poner en jaque el ensamblaje democrático, y enardecer a las turbas degradadas y violentas que casi provocan una tragedia mayúscula, al dirigir una insurrección que fracasó porque el volumen del desorden superó al del plan coordinado. 

Atacar a los inmigrantes, plantear la idea descabellada de un muro para “proteger” al pueblo norteamericano de los enemigos externos; aprovechar las secuelas negativas de la globalización en los Estados Unidos profundos, y la indignación provocada por los problemas económicos en los grupos blancos medios y bajos, con propuestas demagógicas saturadas de odio, fue muy habilidoso por parte de Trump.

Como a Hitler, a él no le importaba la verdad sino la victoria. Su estilo inescrupuloso, con muchos antivalores, se ensambló de manera perfecta con el criterio de todos los que eran como él, sin tener muy en cuenta las diferencias de clase. Esa forma de proceder se corresponde con la mentalidad racista y con el irracionalismo y la incultura, que son relevantes en la sociedad norteamericana actual.

Otro rasgo transversal decisivo, que baja y sube por toda la estructura social, es el antisocialismo o anticomunismo matrero, que caracteriza ideológicamente a muchas personas. Ese aspecto se integra a una crítica, muy pedestre y desinformada, a todo aquello que represente reforma social, o posiciones que tiendan a cambiar el estado de cosas para mejorar las condiciones del pueblo.

Hay dos elementos adicionales que tocan directamente a este comportamiento ideológico conservador: las tradiciones de los “republicanos” de los últimos tiempos, claramente perfiladas hacia el neoliberalismo, y la disputa histórica con el Partido Demócrata, macartizado como el partido de los socialistas, de los comunistas y de la izquierda.

Las turbas emergen y se alimentan de este menjurje de tendencias. Son antisocialistas a rabiar, supremacistas por convicción, violentas por necesidad y anticientíficas por ignorancia. Como Trump, y como muchos otros líderes “republicanos”, no creen en el cambio climático y han desarrollado un claro perfil pro fascista, conspiranoíco e irracionalista.

Ni a Trump ni a sus turbas les importa la institucionalidad, la ley o la democracia, sino solo ganar, aunque sea utilizando la mentira y la desinformación. Lo que realmente les motiva es la victoria, no la verdad, como solía plantear Hitler. Ninguno engaña al otro, porque ambos se hermanan en la degradación, en la violencia y el cinismo, y ambos militan en la misma causa: destrozarlo todo para mandar.

La toma del congreso es la cumbre de este iceberg que no respetó nada, ni antes ni después de las presidenciales. Podría decirse que el asalto al Capitolio fue el último acto violento para tratar de conservar el poder, por parte de las fuerzas fachas dirigidas por Trump.

Se sabe que el presidente lo intentó todo, pero fracasó. Las fuerzas armadas no le caminaron, el Pentágono se le resistió, el Congreso le dio la estocada final, y hasta el vicepresidente Mike Pence lo abandonó. El desespero de Trump lo empujó a intentar un golpe de Estado con sus turbas, pero el resultado ha sido terriblemente contraproducente para sus intereses.

¿Por qué este presidente se lanzó de cabeza al foso de los leones, a sabiendas de que estaba perdido? No tenía más opción. Coordinó con los líderes fachos de su partido una solución desesperada, que no fue una solución. Quería permanecer en la presidencia mediante una mentira (el fraude electoral), pero solo fue secundado por una parte de la élite política, y por las turbas enloquecidas.

Las instituciones norteamericanas lo frenaron, el periodismo lo asedió y lo denunció, y la mayoría del pueblo lo repudió en las urnas. Lo que le espera ahora es pagar la deuda que contrajo con sus enemigos. Una deuda tan alta que, quizás, lo hunda en la cárcel.

Podría decirse, sin ninguna duda, que Donald Trump fue víctima de su propio invento.      

Seguidores de Donald Trump mientras irrumpen en el Capitolio de los Estados Unidos

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