Unimetro
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5:00 am. Lunes 23 de Noviembre de 2020
Opinión
5:00 am. Lunes 23 de Noviembre de 2020

Cuando llega la devastación pero permanece la vida significa que a pesar de todo lo que se ve alrededor aún hay esperanza. Estos días en los que la tragedia ha rodeado a miles de familias colombianas, no podemos hacer nada distinto a unirnos en un mismo espíritu de solidaridad y fuerza por la recuperación de aquellos que lo han perdido todo.

La aplastante destrucción con la que ha llegado este invierno, al que se sumó el huracán IOTA y el fenómeno de La Niña, mantiene en alerta a todo el territorio nacional, después de que el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, viviera uno de los peores desastres naturales en la historia de Colombia, que dejó como saldo tres muertos, miles de familias damnificadas, la destrucción total de la isla de Providencia, entre muchas afectaciones más.

Nadie imaginaba la fuerza con la que IOTA llegaría al archipiélago, convertido en categoría 5, la mayor intensidad que presenta este fenómeno meteorológico. Aunque agradecemos que la pérdida de vidas humanas no fue mayor, con esta tragedia quedó nuevamente demostrado que seguimos sin aprender la lección en términos de gestión del riesgo de desastres.

Además de esta catástrofe, de dimensiones descomunales, ocasionada por IOTA en San Andrés, Providencia y Santa Catalina, el coletazo y el aumento de las precipitaciones ha provocado otras emergencias en distintas regiones del país, que dejan miles de familias damnificadas y pérdidas incalculables. Tal es el caso de la Alta Guajira que sufre fuertes inundaciones por el desbordamiento de ríos y arroyos, y el deterioro de más de 800 kilómetros de vías terciarias que los mantiene incomunicados.

La situación en muchos municipios del Magdalena, Cesar, Córdoba, Bolívar y Atlántico no es muy diferente, el panorama especialmente de las poblaciones ribereñas es muy preocupante. Solo en el Atlántico, 18 de los 23 municipios resultaron afectados por las lluvias e inundaciones que se registraron el pasado fin de semana. En otros departamentos del país, como: Norte de Santander, Chocó, Huila, Caldas, Antioquia, Risaralda, también se vive una crítica situación.

Las emergencias que estamos viviendo demuestran que frente al cambio climático todavía estamos en pañales. En lugar de reaccionar ante la desgracia, el Gobierno Nacional debería hacer un mayor acompañamiento a los entes territoriales en la tarea de prevenir y activar los planes de contingencia, para evitar la pérdida de vidas y los millonarios gastos por concepto de reconstrucción urbana y rural, así como la atención de millares de damnificados.

Adicional a las ayudas que se les están entregando a las familias afectadas, es urgente que el Gobierno impulse de la mano de las Gobernaciones y Alcaldías, el desarrollo de políticas de mitigación y adaptación al cambio climático para disminuir los riesgos de nuevas emergencias, en esta temporada de invierno que se pronostica tendrá lluvias en lo que resta de este 2020 y se extenderá a los primeros meses del próximo año.

Sabemos que aunque la furia de la naturaleza es inevitable, sí es posible adoptar acciones a tiempo para disminuir sus efectos y mitigar los riesgos, uno de los principales desafíos que tenemos en esta fuerte temporada de invierno, es que no se produzcan más catástrofes ni muertes. Hay que corregir las fallas que existen en la prevención y gestión del riesgo al cambio climático, aprender de las lecciones y corregir las deficiencias.

Como hermanos es nuestro deber solidarizarnos con quienes nos necesitan y esperan una mano amiga en medio de las dificultades. Ayudemos a los millares de damnificados que buscan la manera de recuperar lo que hasta ahora se ha perdido, vamos a mostrar con acciones el espíritu de solidaridad y hermandad que existe entre los colombianos.

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