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Opinión
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Es uno de los más grandes exponentes de la música popular que abarcó el siglo XX en Colombia.

Prolífico compositor, versátil instrumentista, diestro arreglista, insigne director y descubridor de talentos, al maestro Lucho Bermúdez solo le faltó cantar para totalizar su presencia en la música. Él nació, creció, procreó y murió siendo un genio de esa manifestación artística a la que le dedicó 76 de sus 82 años de vida.

La celebración de los ciento diez años de su nacimiento, el 25 de enero, constituye un oportuno y justo pretexto para recordarlo y mostrarlo como ejemplo a las nuevas generaciones de lo que es proporcionar goce, dejar un legado y permanecer vigente en el tiempo gracias a la cantidad y la calidad de sus obras musicales.

Pero ojalá que la conmemoración no sea fiebre de un día, como suele ocurrir en este país. Es preciso instar a los programadores de las emisoras a que hagan sonar la música del maestro con mayor frecuencia para que esta así sea degustada y amada por las nuevas generaciones.

La trascendencia de Lucho Bermúdez obedeció a la exquisitez de su obra, a su liderazgo, a su estilo y a su permanente espíritu innovador. Todo esto enmarcado en dos aspectos radicales: la responsabilidad y el rigor. El maestro era implacable con la mediocridad. Realizaba todo con estricto orden, pero le otorgaba cierta licencia a la improvisación cuando se trataba de un ingrediente adicional al arte.

Experimentó con destreza los ritmos del Caribe colombiano, y logró proyectarlos en el exterior con un lenguaje musical capaz de cautivar a todos los públicos que se tropezaron con sus canciones  a partir de la segunda mitad de los años 40.

Pero no solo fue con aires de nuestro folclor. El maestro Lucho también incluyó en su repertorio géneros populares de otros países entre los que sobresalieron bossa-nova, tango, mambo, chachachá,  jazz y pasodobles. También presentó a consideración de los bailadores el tumbasón y el patacumbia, dos ritmos creados por él.

Excelso clarinetista, Luis Eduardo Bermúdez Acosta había nacido en 1912 en una humilde casa de bahareque, de suelo de tierra pisada, techada de palma amarga, ubicada en el barrio Bureche de El Carmen, caluroso terruño enclavado en los Montes de María.

En aquel entonces, El Carmen, un villorrio del Bolívar Grande, carecía de los esenciales servicios de agua potable y luz eléctrica. Tampoco tenía las calles pavimentadas.

Fueron sus progenitores Luis Bermúdez Pareja e Isabel Acosta Montes. A los dos años de edad quedó huérfano de padre, por lo que su crianza corrió a cargo de la abuela materna Isabel Montes.

Tenía Lucho seis años cuando tuvo su encuentro definitivo con la música gracias a la guía de un tío-abuelo suyo, músico y director de la Banda Municipal de El Carmen: José María Montes. Fue quien le enseñó a tocar el flautín.

Más tarde, Lucho aprendería a ejecutar el trombón de pistón, la trompeta y la flauta. No había festejado aún su décimo onomástico ni había sucumbido a la vocación incontrolable de ejecutar el clarinete.

En su libro ‘Carmen tierra mía, Lucho Bermúdez’, el escritor José Portacio Fontalvo, biógrafo de cabecera del maestro, señala que su primera canción la compuso a los nueve años de edad. Su título, ‘A la mamá’, “una cosa sencilla –en palabras de Lucho Bermúdez--, pero cargada de afecto”. La canción jamás fue grabada.

La Banda de El Carmen fue la primera agrupación musical en la que Lucho actuó como integrante. Permaneció ahí durante casi cuatro años antes de que su abuela se lo llevara hacia Aracataca (Magdalena) en busca de un mejor vivir. Contaba entonces nueve años.

En la tierra que algunos añitos después vería la primera luz Gabriel García Márquez, Lucho integró la Banda de Aracata, dirigida por un hermano de su madre: Jorge Rafael Acosta, diestro ejecutor del bombardino.

De ‘Cataca’, Lucho se trasladó a Santa Marta, donde terminó sus estudios en el Liceo Celedón, la misma institución educativa en la que se instruiría Rafael Escalona.

En la capital del Magdalena Grande formó parte de varias agrupaciones musicales antes de vincularse, a los 14 años, a la Banda Militar Batallón Córdoba. Fue por esa época en la que alcanzó destreza total en la ejecución del clarinete, instrumento que sería de su predilección hasta el día de su muerte, el 23 de abril de 1994 en Bogotá, a los 82 años.

Lucho cimentó, en firme, su aprendizaje en la música estando en la Banda Militar. Las enseñanzas de los profesores Mier y Noguera lo fortalecieron en armonía y le ratificaron que su vocación y futuro estaban en el maravilloso mundo de las notas.

Antes de establecerse por un largo período en Cartagena --que constituyó su plataforma de lanzamiento como director orquestal de gran factura--, Lucho residió en Chiriguaná, El Banco, Mompox y otros pueblos en los que fundó y dirigió agrupaciones. Así mismo contrajo nupcias en El Carmen de Bolívar con Leda Montes, el 15 de abril de 1935. Lucho tenía 23 años, y de esa unión nacería su primer hijo.

Un año después de su matrimonio, Lucho se marchó a Cartagena con su esposa Leda. Al poco tiempo se puso en contacto con el reconocido trombonista José Pianetta Pitalúa, quien le propuso la dirección de su orquesta, La ‘A’ Número 1. Bermúdez no dudó en aceptar la honrosa invitación.

Su permanencia en esa orquesta duró una larga temporada. Ahí se le presentó la ocasión de grabar su primera composición musical: ‘Doble cero’, danzón cartagenero instrumental de su inspiración, que apareció en un acetato de 78 revoluciones por minutos, con el respaldo de ‘La vaca vieja’, célebre cumbia de Joaquín Marrugo, atribuida con el paso de los años a Clímaco Sarmiento.

La Orquesta ‘A’ No. 1 fue una de las primeras agrupaciones populares de Colombia de estilo jazz band.

Posteriormente, Lucho materializaría uno de sus primeros sueños: dirigir la Orquesta Emisoras Fuentes, la más cotizada y apetecida de la época. En ella permaneció por espacio de tres años y se permitió el placer de grabar ‘El minarete’, gaita instrumental de su autoría.
Culminado su ciclo con la Orquesta Emisora Fuentes, Lucho Bermúdez se embarcó en el inclaudicable  proyecto de fundar su propia colectividad musical y alcanzar, así, el máximo peldaño en la música.

Es que tener uno su propia orquesta, dirigirla, escribir las canciones y hacerle los arreglos uno mismo, es lo más consagratorio para un músico que se respete”, me dijo el maestro Bermúdez, con pleno convencimiento de su valer y desprovisto de arrogancia, una tarde lluviosa de Bogotá, en octubre de 1990.

José Vicente Mogollón, un prestante comerciante cartagenero de los años 40 que apoyó de manera incondicional a Lucho, fue quien le puso el nombre a la agrupación: Orquesta del Caribe.
 
Matilde Díaz
 
Había cumplido Lucho Bermúdez 32 años cuando conoció a una joven de escasos 20 añitos que habría de ser determinante en su carrera y en su vida personal. Era Matilde Díaz, la primera mujer que se vinculó como vocalista a su orquesta.

La unión artística del maestro con la joven cantante oriunda de San Bernardo (Cundinamarca) se dio a mediados de 1944. Al año siguiente se produjo el primer fruto: ‘Marbella’, inolvidable porro cantado a dos voces por Matilde Díaz y el Negrito Jack, inspirado en el popular sector de Cartagena, cercano al mar: (Marbella, la playa más bella/ preciosa, linda por su mar/ tus playas con su suave arena/ sus olas que vienen y van). Siguió otra serie de canciones, incluido el porro ‘Carmen de Bolívar’, dedicado a la tierra que vio nacer al maestro: (Carmen querido, tierra de amores/ hay luz y ensueño bajo tu cielo/ y primaveras siempre en tu suelo/ bajo tus soles llenos de ardores).

Con su música Lucho conquistó primero el Litoral Norte de Colombia, luego Bogotá y de ahí salió al exterior. Argentina fue su primer destino internacional, en el año 1946, impulsado por la resonancia de su porro ‘Carmen de Bolívar’. Fue invitado por la RCA Víctor de Buenos Aires, urbe a la que viajó sin su orquesta, apenas en compañía de Matilde Díaz. En la capital argentina estuvo por espacio de cuatro meses; actuó en centros nocturnos y grabó para la RCA Víctor junto a reconocidos músicos de Argentina de la talla del violinista Eugenio Nobile y el pianista Eduardo Armani.

La cosecha de esa primera salida fue evidente para Lucho: se consolidó como líder musical, difundiendo los ritmos colombianos; grabó el porro ‘Kalamary’, de su inspiración, y se unió sentimentalmente con su cantante estrella Matilde Díaz. Con ella tendría una hija que llegaría a convertirse en cantante y compositora y actriz: Gloria María Bermúdez.

Luego de ese primer viaje al exterior, y a su regreso a Colombia, Lucho fundó su nueva orquesta y la presentó de manera oficial el 15 de julio de 1947 en el Hotel Granada de Bogotá, con el nombre de Orquesta de Lucho Bermúdez, con dos connotados saxofonistas: Álex Tovar y Gabriel Uribe García. Con la Orquesta, Lucho se trasladó en 1948 a Medellín, atraído por un mejor contrato. Trabajó en diversos establecimientos durante algo más de dos años. En 1952 fue invitado él y Matilde Díaz a Cuba, la meca de la música popular de América Latina.

La Habana también fue testigo de la grandeza del maestro. Formó una orquesta con músicos cubanos y desparramó su torrencial artístico en la CMQ Radio y Televisión, y en el famosísimo cabaret Tropicana. Los exigentes melómanos cubanos lo vieron fajarse de tú a tú con los pianistas y arreglistas Bebo Valdés y Ernesto Lecuona. En Cuba, Lucho estrechó lazos de amistad con varios músicos y cantantes de renombre, entre ellos Miguelito Valdés y Celia Cruz. Esta última bautizaría a Gloria María, la hija única del matrimonio Bermúdez-Díaz.

Tras vivir varios meses en La Habana, Lucho convirtió en realidad otro de sus sueños dorados: viajar a México.

Repitió la historia; conoció a los principales intérpretes de los ritmos tropicales: Rafael de Paz, Dámaso Pérez Prado y Benny Moré. Siempre con la inseparable compañía de su mujer Matilde Díaz, Lucho formó una orquesta con músicos mexicanos durante los ocho meses en que residió en el país Azteca, y al igual que en Argentina y Cuba grabó para la RCA Víctor.
Con músicos del maestro Rafael de Paz, Lucho Bermúdez llevó a la pasta sonora, en 1953, entre otras, ‘Salsipuedes’, ‘’Caprichito’, ‘Prende la vela’, ‘Marbella’,  los boleros, ‘Embeleso’ y ‘Fantasía tropical’, y la preciosa canción en ritmo de guajira ‘Te busco’ (Te busco por la distancia/ con una angustia de llanto/ amor de mi adolescencia/ virgencita de mi encanto). Todas las canciones compuestas por él y cantadas por Matilde Díaz.
A su regreso a Colombia, el maestro se instaló en Medellín y más tarde retornó a Bogotá. Hoteles y centros nocturnos constituyeron su centro de acción en ambas ciudades. La música no la abandonó nunca.
 
Cambio de estructura
 
La unión artístico-personal de Lucho Bermúdez y Matilde Díaz duró por espacio de 15 años. Al culminar la relación, en 1959, la orquesta del maestra tuvo un cambio radical. En adelante no sobresaldría más en la colectividad la figura femenina con la misma intensidad que la caracterizó Matilde Díaz. Es cierto que por la orquesta desfilarían otras mujeres como Nancy de Chinchilla, Rosiris Martínez, Haidé Barros, Norma Argentina, Zaida Saladén, Ana Cecilia Almanza y Magdalena Saavedra, pero ninguna con el empuje, carisma y trascendencia de Matilde Díaz.

Por la orquesta de Lucho Bermúdez desfilaron, también, diversos cantantes que dejaron registradas sus voces en los surcos del disco. Algunos de los más destacados fueron Pedro Collazos, Cosme Leal, el Negrito Jack, John Bolívar, Bob Toledo, Jorge Noriega, Chucho Torres, Pepe Reyes, Willie Calderón y Bobby Ruiz, el cartagenero que más tiempo permanecería en la orquesta, después de Matilde Díaz.

El repertorio del maestro Lucho, compuesto de una variedad de ritmos, gozó de gran acogida entre los amantes de la música.

Lucho Bermúdez fue autor de auténticas piezas de invaluable valor que quedaron eternizadas en el tiempo, entre las que no pueden dejar de mencionarse ‘Carmen de Bolívar’, ‘Caprichito’, ‘Salsipuedes’, ‘San Fernando’, ‘Colombia, tierra querida’, ‘Tolú’, ‘Gaita de las flores’, ‘Gloria María’, ‘Borrachera’, ‘Joselito Carnaval’ y un largo etcétera.
Otro de los motivos que contribuyó a la grandeza de Lucho fue su variedad en la composición, pues además del porro, su ritmo predilecto, creó cumbias, merengues, gaitas, fandango, danzas, pasillos, pasodobles, boleros y hasta tangos.

Suena a lugar común, pero hay que enfatizarlo: Lucho Bermúdez fue un genio en el sentido estricto de la palabra.

Lucho Bermúdez

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