Solidaridad.
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Solidaridad y Derechos Humanos: más allá del individualismo

Una comparación entre lo que se vive en Noruega, Estados Unidos y Colombia.

En el debate sobre los derechos humanos, siempre mencionamos valores fundamentales que deben guiar cualquier sociedad: dignidad humana, libertad, igualdad, solidaridad y seguridad jurídica. Estos cinco pilares deberían actuar de manera conjunta para garantizar una vida digna. Sin embargo, en la práctica, vemos que los sistemas actuales han priorizado dos de estos valores: dignidad humana y libertad, dejando en un segundo plano la solidaridad y la igualdad, valores que son esenciales para equilibrar la balanza social.

Para ilustrarlo, pensemos en una carrera de obstáculos. Todos queremos llegar a la meta: una vida digna y próspera. No obstante, algunos comienzan en la línea de salida con los mejores equipos, entrenamiento y apoyo; otros, en cambio, parten con desventajas significativas: sin zapatos, sin un equipo de apoyo y con barreras adicionales en su camino. En este contexto, hablar de libertad individual como la clave para el éxito suena injusto. Es decir, aquellos que logran llegar a la meta lo hacen en gran parte por las ventajas con las que iniciaron. Los que no pueden avanzar son vistos como "perezosos" o "no lo suficientemente esforzados", cuando la realidad es que el sistema no les ha permitido competir en igualdad de condiciones.

Un ejemplo concreto lo vemos en los países con grandes brechas sociales. Tomemos el caso de Estados Unidos: la narrativa del "sueño americano" nos dice que, con suficiente esfuerzo y libertad, cualquiera puede alcanzar el éxito. Pero, ¿qué pasa con los millones de personas que, a pesar de trabajar largas horas y esforzarse al máximo, no logran salir de la pobreza? La falta de acceso a educación de calidad, atención médica y redes de apoyo impide que muchos puedan alcanzar ese "sueño". No es que no quieran, es que las cartas están marcadas desde el inicio.

En Noruega el concepto de solidaridad está arraigado en el sistema.

En el otro extremo, tenemos países como Noruega, donde el concepto de solidaridad está arraigado en el sistema social. Allí, el acceso a la educación, la salud y el bienestar no depende de cuánto dinero tengas, sino de que eres un ser humano con derechos. El Estado no solo garantiza libertad, sino que también asegura que todos partan desde un punto de mayor igualdad, reconociendo que la verdadera libertad no puede existir si algunos están atrapados en la pobreza sin salida.

El individualismo nos ha llevado a creer que el éxito se alcanza con esfuerzo individual, pero no todos tienen las mismas oportunidades. En el ámbito laboral, por ejemplo, es común escuchar historias de emprendedores que levantaron imperios desde cero. Si bien estas historias pueden ser inspiradoras, ignoran que muchos de estos emprendedores tenían redes de apoyo, acceso a financiamiento o educación de calidad, elementos clave para su éxito. En contraste, aquellos que no logran avanzar son etiquetados como "fracasados", cuando en realidad, no tuvieron las mismas herramientas para competir.

Aquí entra en juego la solidaridad, ese valor que parece olvidado en un mundo regido por la competencia. Si realmente queremos una sociedad donde todos puedan prosperar, necesitamos reconocer que algunos requieren más ayuda que otros. Esto no es caridad, es justicia social. Significa que, como sociedad, debemos comprometernos a asegurar que todos, sin importar su origen o circunstancias, tengan las mismas oportunidades para alcanzar una vida digna.

Por supuesto, toda esta solidaridad debe estar respaldada por un marco legal que garantice que los derechos humanos sean una realidad para todos. En Colombia, por ejemplo, la Constitución de 1991 consagra la interdependencia de los derechos humanos como estrategia para solucionar los problemas sociales. No se trata solo de buenas intenciones, sino de garantizar que exista un sistema legal sólido que proteja a los más vulnerables.

En resumen, necesitamos una sociedad donde la solidaridad no sea vista como una opción, sino como un deber. Si seguimos priorizando la libertad individual sin considerar el bienestar colectivo, seguiremos perpetuando las desigualdades que tanto daño hacen. La verdadera convivencia pacífica no se logrará hasta que entendamos que no todos parten desde el mismo punto de inicio, y que es nuestra responsabilidad, como sociedad, asegurar que todos puedan competir en igualdad de condiciones. Porque al final del día, no es solo cuestión de libertad. Es cuestión de solidaridad.

Tarea: Anteponer la solidaridad a la libertad para contribuir a la convivencia pacífica.

Por Milton Armando Gómez Cardozo.

Docente Universitario y Servidor Público. Doctorando en Estudios Avanzados en DD.HH., Magister en DD.HH. y Democratización, Especialista en Derecho Administrativo y Constitucional.

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