Fachada nocturna de La Cien.
Fachada nocturna de La Cien.
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60 años de La #Cien: el estadero de salsa más antiguo de Colombia

Recinto de sabor y de grandes visitantes.

Por Carlos Ramos Maldonado

Hasta la primera mitad del siglo pasado el sur de Barranquilla hacia la zona oriental llegaba nada más hasta el estadio Moderno -"La cuna del fútbol colombiano"- y el callejón Manga de Obregón, lo demás era área de crecimiento, casi periferia rural, anegada por los jagüeyes del arroyo Rebolo (que cruza al extenso barrio) y, más al caño de la Ahuyama, sembríos de hortalizas de los chinos que en la vía a Soledad habían construido la primera casa a su estilo en la región, a la que llamaron El Pekín. Después vinieron los barrios La Luz, Las Nieves, Simón Bolívar, Montes y Boyacá.

Era tan primitivo el suroriente de la Ciudad, que aun la nomenclatura no se reconocía por números, sino por los nombres de las calles y carreras o callejones; por ejemplo, en la calle San Rafael con callejón Providencia (a la vuelta del Manicomio público) había una tiendita de costeño, de esas de mostrador y estantería de madera, de tanques metálicos cargados de hielo hechizo y aserrín para enfriar las gaseosas y las cervezas, y de lámparas a gas líquido para las noches oscuras, porque la fuerza de los "Barcos de la luz" atracados sobre el río Magdalena apenas proveían de energía eléctrica a los habitantes del Norte.

La tienda, todavía sin nombre, tenía primero una radiola Phillips y después un "traganíquel” o fonógrafo de "ranura para moneda" con iluminación decorativa que al activarse sacaba de forma automática los discos de acetato en 78 rpm., autorizados táctilmente, la mayoría rancheras por la influencia del cine mexicano o canciones populares locales recogidas de la cultura anfibia.

Integrantes CEO de La Cien: Ricardo Pérez Chávez, Carlos Ramos Maldonado y Milton Figueroa Cuello.

Fueron los tiempos del auge del puerto marítimo de la Ciudad, ya instalado sobre el Río, a la altura del caño de la Ahuyama, en cuya ribera occidental se levantaba apacible y extenso Rebolo, el barrio más popular de Barranquilla, y en donde muchos de sus habitantes se habían venido de Puerto Colombia porque su luengo muelle había perdido importancia (ahora apenas era “un triste atracadero de pasiones náufragas del mar”) y ellos continuaban en sus labores portuarias, unos en tierra y otros navegando; además, el sector urbano crecía porque la actividad del Puerto atraía gente de todas partes: antillanos, caribeños continentales y migrantes de la Provincia del Río. Así que también hubo intercambio cultural, sobre todo, importación de diferentes formatos musicales, especialmente los que se escuchaban en la radio: orquestas venezolanas y cubanas, más las colombianas, siendo el líder en la sintonía el también rebolero y exalumno salesiano Pedro Juan Meléndez con su “Tómbola Musical” de La Voz de la Patria.

Allí, a la tiendita de Providencia con San Rafael llegaban los portuarios a cambiar discos importados por cerveza y ron, antes o después de ver en el estadio Moderno los partidos de los equipos del barrio que habían dejado el rentado nacional: Junior y Sporting. Pero también llegaba gente del Norte, muy elegante, amanecida o apenas dispuesta a comenzar sus aventuras de fin de semana en el cercano Barrio Chino. Dejaban su Ford o Chevrolet allí escondido y a pie subían para saciar la carne afanada de lujuria. No había sillas ni mesas. Los clientes se sentaban en el bordillo o en cajas de cerveza vacías, que en ese entonces eran de madera amarradas con cinchas.

Ralphy 100 con Rubén Blades y Willy Colón.

Fue cuando al dueño del negocio se le ocurrió cambiar sus productos, pues vendía más licores y cigarrillos que víveres y abarrotes. Rafael Alfonso Figueroa Lindo, un rebolero de apenas 32 años nacido en la calle Belén con Buen Retiro, con su esposa Benilda “la Mona” Cuello, decidieron darle un tinte de estadero, no cantina, al fresco ambiente que se formaba entre los parroquianos los sábados por la tarde y los domingos todo el día. Ella se liquidó del Almacén Ley, donde trabajaba, y con ese dinero compró una nevera para complementar los tanques de hielo hechizo, aunque no cambió enseguida el traganíquel porque había un zapatero de allí cerca que llegaba todos los días a empacarse unas Germanias y a colocar y repetir hasta su cansancio el mismo disco de la Sonora Matancera, cantando Alberto Beltrán: “La número cien”, cuyos autores son Ernesto Cortázar y José Sabre Marroquín:

“Perdono tus ofensas/ porque sé lo que eres la mujer que en mi vida/ fue la número cien”.

Ralphy con Cheo Feliciano.

Fue el sábado 26 de septiembre, día de cumpleaños de Ralphy Figueroa, que se terminó de pintar la casa y se abrió con su característica de estadero; pero precisamente -dizque por casualidad- aparecieron unos funcionarios de la Cámara de Comercio a preguntar por el registro del nuevo negocio.

-¿La Razón Social? –Interrogaron.

Ralphy, que no se había percatado del caso, miró para todos lados, inquieto, y apenas vio al zapatero escuchando su canción preferida. Encontró entonces la solución a la exigencia oficial: –La Número Cien –respondió.

Ralphy con Celia Cruz, Pedro Nigth y Óscar De León.

Dieciocho años después se le habilitó la terraza, con la fachada que aún mantiene, y se estrenó un picó, el “Rumba Havana”, que le dio la mayoría de edad. Hoy suena “El camaján”, en homenaje a esa identidad caribeña de un comportamiento despreocupado, desprendido, incluyente, tolerante, holgazán: el propio bacán. Gabriel García Márquez menciona a los camajanes de Rebolo en “Los funerales de la mamá grande”.

Salsa y control

Es cierto que la música antillana entró por las frecuencias hertzianas de onda corta que provenían de Cuba y Venezuela; pero también por los puertos marítimos del Caribe colombiano, especialmente por las “tres perlas que… descansan en la orilla de la playa”: Santa Marta, Barranquilla y Cartagena, a través del disco sonoro.

Los vaporinos fueron los pioneros en la importación de música bailable y romántica traída de Las Antillas y Nueva York, como Gaspar, cuyo apellido no se conoce, y Granados, cuyo nombre tampoco se registra. Había activo, también, un aviador rebolero: Silvino Ramírez, que al final se quedó viviendo entre Quisqueya y Borinquen, de donde apenas regresa aun “anostalgiado” durante los vientos de navidad y carnavales. Cada vez que venía traía sus LP y con sus amigos los estrenaba donde Ralphy. Ernesto Torres “Ticotín” era otro que viajaba a la Gran Manzana y cargaba música sin registros de aduana, especialmente en los tiempos en que comenzaron a crecer de tamaño y cantidad los picós y a sentirse la competencia entre bares y estaderos de la calle de Las Vacas con Bocas de Ceniza: el Flamboyán, el Boricua, la Cien, el Patio, la Casita de Paja, el Diamante, etc.

Gilberto Marenco y el picó Rumba Havana.

Los primeros temas que llegaron a las manos de Ralphy fueron, entre otros: de Noro Morales con Miguelito Valdés “Mr Babalú”; de la Sonora Matancera el LP Grandes Éxitos, en el que se grabaron boleros y guaguancó como “Soñando Contigo” y “Rico Guaguancó”; el LP Dengue de Orquesta Broadway, donde aparecen el chachachá “Cómo camina María”, la pachanga “Sácame” y el ritmo dengue “Óyeme” (Pérez Prado realizó una variante a su mambo con elementos de guaracha-son y de ritmos africanos, el cual denominó Dengue); el Volumen 1 del original Trío Matamoros donde está “Son de la loma”, y el LP de Tito Rodríguez con Eddie Palmieri “At the Palladium”.

Así comenzó la ruta del vinilo por la Ciudad, por fuera de las casas disqueras (las más populares en esos tiempos eran Felito Records y Machuca Records) y de los almacenes de discos (Discolombia era propiedad del mismo Félix Butrón Márceles), después la vía condujo a las radioemisoras y sus locutores (Pedro Juan Meléndez y Luis Altamiranda, éste último capítulo aparte: comenzó su programa “Ritmo, Fiesta y Sabor” un 5 de octubre medio siglo atrás en Olímpica AM con Mike Char y Chicho Barrios), los picós y las verbenas populares.

La Cien se convirtió en un tertuliadero del movimiento musical salsa, de Rebolo para el país entero:

Gilberto Marenco Better, exeditor de la sección “La Esquina” del desaparecido Diario del Caribe y ahora director de comunicaciones de la Universidad del Atlántico (Él fue quien le colocó el apodo a Rafael Figueroa: Ralphie Cien), recuerda que la Cien era un hervidero intelectual y rumbero: -Para llegar a la salsa hay que pasar por la rumba –nos dijo-. El mito de La Cien no se cimentó en la música, sino en la amistad y en el compartir una visión de la rumba con Ralphie, quien sabía que sin este elemento su labor en difundir la música sería inútil. Amistad y música entretejidas con el sabor popular de la Cien.

Mural pintado por Gustavo Quintero: “La Orquesta de La Cien”.

Rafael Bassi Labarrera, investigador musical, llegaba con su combo del Barrio Abajo a una Cien iniciática donde iban los mejores bailadores de  Barranquilla: el Negro Ray, Willie Salsita, Mambo Caribe, Michie Bogaloo, Watusi y hasta su hermano Carlos Restrepo Labarrera, a quien por sus pases las cervezas le salían gratis.

Y, en el transcurrir de su apogeo musical, llegaban de visita cuanto artista de salsa visitaba la Ciudad, fuera de su agenda oficial: Celia Cruz, Pedro Knight, Héctor Lavoe, Yomo Toro, Willy Colón, Rubén Blades, Leo González, Cheo Feliciano, Óscar De León, toda la Orquesta La Conspiración y, entre otros más, el rebolero insigne que ha dado la vuelta al mundo con su canto y su sabor: Nelson Pinedo.

Mural pintado por Néstor Loaiza: “Yo sí soy de por aquí”.


Rey Momo y Patrimonio Cultural

En 1996 la organización del Carnaval designó a Ralphy Cien Rey Momo, por su aporte a la cultura salsera y por convertir su estadero en el epicentro del intercambio musical del Caribe. Y en el 2008 la Alcaldía Distrital incluyó al Estadero en el Inventario Cultural y Turístico de la Ciudad. Dos años después, el sábado de carnaval, 12 de febrero, se fue el “hombre más feliz del mundo”, dejando una herencia cultural que persiste: “¡Rueda bombero!”, era su grito de combate.

Ahora, respaldado por la Fundación “Los Cien del Barrio Arriba”, y quienes están al frente de ella, Carlos Ramos Maldonado, Ricardo Pérez y Eneida Viaña, Milton Figueroa, el último de los tres hijos de Ralphy y Benilda, sigue el propósito de mantener vivo el ideario del fundador en la memoria de los barranquilleros, un centro cultural “templo de la salsa”, que incluye no solo exposición musical, sino conversatorios y talleres artísticos tanto en su interior como en la plazoleta, acondicionada e iluminada totalmente, con seguridad institucional.

Picó El Camaján.

“La Cien sigue viva, y seguirá terca y agradable, con buena atención y sana diversión, como un estadero-museo, porque, incluso, muchos turistas vienen a recordar los tiempos clásicos de la salsa”, resumió Milton para esta crónica.

El próximo cinco de octubre será la celebración de los 60 años, amenizada por el histórico picó el Pijuán y un grupo de música cubana en vivo, más los reconocimientos a quienes han aportado a la difusión de la música salsa en Barranquilla y fueron “hijos de La Cien”: Gilberto Marenco Better, Luis Altamiranda y Ley Martin.

Telón de fondo de La Cien.

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