Unimetro
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10:27 am. Miércoles 16 de Septiembre de 2020
Opinión
10:27 am. Miércoles 16 de Septiembre de 2020

Un pasaje bíblico nos enseña que un joven, hijo de hacendado rico, después de pedirle a su padre la herencia que le correspondía, de viajar y disfrutar en tierras extrañas de placeres y mujeres y  haber derrochado su fortuna, se vio obligado a pedir trabajo de jornalero y comer de las sobras a los puercos de la hacienda donde le aceptaron. Y después de reflexionar decidió regresar a su casa para pedirle perdón a su padre y rogarle que lo empleara así fuera como el último de sus obreros.

Cuenta la leyenda que su padre, quien todos los días madrugaba  para divisar esperanzado el posible regreso de su hijo, un día sintió que el corazón le reventaba de felicidad cuando lo vio venir, corrió hacia él, lo abrazó, lo perdonó y lo atendió a manteles abiertos, lo vistió y le dio de comer porque  -ese hijo que creía muerto había resucitado.

El hijo pródigo es el título de aquel pasaje bíblico que nos enseña que el amor de padre está por encima de la ingratitud de los hijos. Magistralmente llevado al acetato y convertido en bella canción bajo el título Juan en la ciudad, interpretada por Richie  Rey y Bobby Cruz, la melodía nos dice que ese padre en medio del llanto por la emoción, no solo lo perdonó sino que ordenó vestirlo de gala y  ofrecerle las mejores mieles.

/El papá decía al verlo llegar/ mi hijo ha regresado vamos a celebrar...”

Aquel hijo pródigo que nos relata la Biblia es totalmente opuestamente al caso particular vivido en el equipo Junior en estos tiempos. En el 2008,  hace 12 años, un entrenador de nombre Julio Avelino Comesaña, atendiendo un urgente llamado, arribó con buen viento y buena mar al puerto de Barranquilla bajo el rótulo de Salvador. En una terrible campaña, Junior estaba punto de descender. El pueblo caribeño todo se debatía en tristeza y desasosiego ante el inminente descenso. Julio Comesaña no solo fue el salvador del club para no bajar a la B, sino que subió a la categoría mayor a un muchacho de 23 años, de nombre Teófilo Gutiérrez, de quien profetizó lo que para muchos fue un burlesco anunció: “Este joven en poco tiempo va a ser el mejor futbolista de Colombia..”

 Y tenía razón. Teo, como empezó a llamársele a este jugador del barrio La Chinita, mostró sus virtudes de crack que le abrieron las puertas internacionales de Europa y Suramérica. Se fue rápidamente a Turquía, pero igual, pronto regresó al no congeniar con directivos y compañeros del Club Trabzonspor. Turquía y Portugal, le vieron alzar copas y supercopas, igual  Argentina y México  le vieron alzar Copas de Libertadores y Suramericana. Teo hizo feliz a los hinchas con sus acciones de estrella del balompié. Pero lo que hacía con sus prodigiosos pies lo desbarataba con las irrespetuosas manos y actitudes reprochables que le obligaron a regresar a casa.

Y aquel padre salvador que un día le había tendido la mano, que lo encumbró a la primera línea y que le profetizo sería el mejor del país, lo recibió regocijado en su equipo de color rojo y blanco.  Y  Teo Gutiérrez bajo el manto protector de su mentor técnico se convirtió en ídolo de la afición barranquillera. Y los títulos de campeón fueron acompañando al club y al plantel en el que Teófilo se constituyó en uno de sus grandes referentes.

Sin embargo,  los malos hábitos, quizás el sentirse endiosado y los reconocimientos a nivel nacional, le aumentaron su ego y pareció irse desequilibrando mentalmente. Fueron apareciendo casos desobligantes con sus compañeros, de decirle a jugadores rivales que no eran nadie y en cambio él era una estrella etc. etc…

La más reciente muestra del afectado manejo mental lo pudo haber producido la pandemia del Covid-19. Después de seis meses sin jugar como todos en el país, la reaparición del fútbol, le brindó al Junior y al propio jugador un segundo título de campeón de la Superliga, superando a su archirrival América de Cali. Teófilo creyó entonces que era el momento para cobrarles a los críticos que habían enjuiciado el plantel en la derrota inicial 2-1 ante los propios americanos en el mítico Estadio Romelio Martínez.

Con el título a cuestas, de regreso a la ciudad, Teófilo hizo viral un  video en el que ofrecía tiros y garrote, mordidas de lobos y hasta echarle un  hipopótamo suyo para partirlos. Todo ello en medio de frases horrorosas como “salgan ahora sapos, Hijuep…malpari… y otras más !!!

Todo indica que aquello fue la gota que rebosó la copa. Y contrariando el pasaje bíblico, en este caso, fue el “propio padre” que lo encumbró, quien exigió castigo por aquel desafuero. Pero esta vez fueron los directivos del club los que se convirtieron en defensores del jugador. No castigo porque supuestamente aquella salida en falso no fue del orden deportivo sino una acción personal fuera de la cancha y a cargo de las redes sociales del jugador. Julio Comesaña, el padre putativo de Teófilo, enmarcó entonces una decisión sorpresiva al decir “no voy más”. ¡Y  renunció!

Comesaña, como buen padre que disimula los errores de sus hijos, dice con serenidad que no se va del club por las infortunadas declaraciones de Teófilo Gutiérrez ni por una supuesta imposición directiva de Michael Rangel  . “Yo no me voy de un club por un jugador. De ninguna manera”, indicó sobre la relación que se hace de su dimisión con el caso Teo.

“Los principios y valores no se negocian,” escribió en redes sociales su hijo Alejandro Comesaña” en una muestra de total respaldo a su progenitor y de reproche al “hijo ingrato” que contrario al hijo pródigo, siguió perfilando maledicencia y amenazas.

Y ese hijo que ganó títulos en Argentina, en Turquía, que fue Mejor Jugador de América y que sigue cosechando campeonatos en su tierra natal, lejos de mostrar humildad en la victoria, se muestra prepotente y enlodando lo que tanto ha conseguido con su calidad futbolística. Olvidando aquella sentencia bíblica que reza: “el que se ensalce será humillado …"  Y lejos de ser agradecido con Julio Comesaña, su padre putativo, Teófilo-aunque el técnico quiera disimularlo- lo hecho fue, darle una bofetada propiciando la salida anticipada a su mentor.

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