Unimetro
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3:26 pm. Lunes 21 de Septiembre de 2020
Opinión
3:26 pm. Lunes 21 de Septiembre de 2020

Unos días después de que comenzaran las protestas en Bogotá por la muerte del abogado Javier Ordóñez, los medios de comunicación empezaron a reemplazar progresivamente la palabra ‘protestas’ por las de ‘actos vandálicos’ para referirse a la ira ciudadana que se desataba en las calles de la capital. Después de una semana ya no había protestantes, solo vándalos.

En el fondo se siente injusto catalogar a todas las personas que salieron a las calles en los momentos febriles que siguieron a la muerte del abogado como desadaptados. No obstante, a medida que los medios construyen una visión consensuada de la realidad, desviarse de la misma se vuelve cada vez más costoso. Es decir, con el tiempo referirse a lo que pasó a en Bogotá como protestas motivadas por la inconformidad acumulada ante el comportamiento de la Policía es, cuando menos, ser uno mismo un vándalo desadaptado –Dios no quiera un terrorista eventualmente-.

Lo que realmente preocupa de todo esto es la coordinación generalizada con la que los medios de comunicación han cerrado filas ‘lingüísticas’ alrededor de la versión vandálica de las protestas. La Policía en Colombia no es una institución perfecta, está muy lejos de serlo, y han sido tantos los escándalos, así como los disgustos que cotidianamente enfrentan los ciudadanos, que suponer que solo ‘narcoterroristas’ podrían pedir un cambio es un absurdo. Entonces, ¿por qué ha sido tan fácil generalizar?

Este reciente episodio pone de relieve dos puntos importantes. El primero, el poder que tienen los medios de comunicación para construir una visión generalizada de lo correcto o lo que debería ser; y, en segundo lugar, una preocupante tendencia de los medios de comunicación a mostrar visiones de la realidad cada vez menos diversas.

Sobre lo primero, parece que cada vez más y, sobre todo, con los cambios en la vida que el coronavirus ha impuesto, los medios defienden una sola forma correcta de ser ciudadano. Esto puede estar bien cuando se habla de medidas de protección para prevenir el contagio, pero no es tan simple empezar a catalogar formas correctas o incorrectas de hacer protesta.

Si los expertos en política no se ponen de acuerdo aún sobre si la protesta pacífica es suficiente para alcanzar cambios sociales importantes, entonces ¿cómo podrían saberlo los medios de comunicación?, no está en sus manos determinar cuál es la forma correcta de alcanzar un cambio social. Mientras tanto, lo único que se puede hacer es aceptar, para bien o para mal, que a lo largo de la historia la protesta ciudadana legítima a fuerzas contiene elementos pacíficos como violentos. Es imposible esperar un comportamiento uniforme de acciones colectivas que agrupan a miles de personas, esto no implica necesariamente la participación de organizaciones ‘terroristas’ o intereses oscuros.

En segundo lugar, sobre la visión cada vez menos diversa de la realidad que ofrecen los medios, hay que estar atentos a las consecuencias económicas del Covid-19. Así como muchas empresas se han visto golpeadas por la disminución en la actividad económica derivada por la pandemia, los medios no son la excepción. La publicidad que se ha perdido en el sector comercial se ve reemplazada por la mano amiga del Gobierno que, sin embargo, viene con el acuerdo tácito de que las empresas de comunicación deben concordar con la versión que el Estado prefiere.

Con el incremento substancial de la presencia del gobierno de Duque en televisión no es extraño ver a canales como Caracol convertidos cada vez más en la agenda mediática de la Presidencia, por no mencionar a RCN que ya había comenzado a recorrer esa senda desde antes. Algo similar se ha visto con otros medios que solían ser mucho más objetivos, como la revista Semana, que además de perder a varios columnistas de oposición recientemente, también ha empezado a esforzarse en defender posiciones gubernamentales, en teoría por ser más neutrales.

Si las cosas siguen de esta lid, no debería extrañarnos volver a los años oscuros en los que en el país la única visión válida del mundo era sumamente clásica, conservadora, neoliberal y de derechas –si es que ya no hemos llegado a ello-. Aún peor que el triunfo de esta visión hegemónica es el hecho de que las visiones contrarias sean acompañadas de un rechazo que tácitamente valida la violencia, mientras las masacres de líderes sociales –y las masacres en general- siguen aumentando. Preocupa pensar que la posibilidad de un país más democrático, diverso y tolerante, en la que algunos creímos durante los años previos al gobierno de Duque, no hubiera sido más que un espejismo.

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