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Opinión
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La reciente declaración de Iván Márquez de abandonar definitivamente el proceso de paz ha puesto a todo el país a reflexionar sobre sus motivaciones. La explicación del por qué de su comportamiento no es tan sencilla como parece a simple vista.

Aquel es un proceso que ha sido mal visto (y torpedeado) por un sector muy amplio de la Nación, compuesto por un arcoíris de personas y partidos que odian a la guerrilla, y que la ven como su enemigo. Ese sector no solo se opuso cerrilmente a los comienzos de los diálogos de La Habana, sino que intentó, por los medios abiertos y clandestinos, sabotear la consecución de los acuerdos.

Dicho arcoíris ganó un plebiscito que obligó a hacerle reformas adicionales a lo pactado inicialmente, y más tarde obtuvo la Presidencia de la República y el poder nacional, desde donde ha seguido dinamitando la concreción de los acuerdos, siempre bajo la fachada engañosa de estar a favor del proceso de paz, pero aplicando, en la práctica, una estrategia de destrucción sistemática, y de negación de lo más importante contenido en lo pactado, como la justicia transicional y la reforma agraria.

En un ambiente así (saturado de trampas y zancadillas, y en el cual se asesina a los desmovilizados y a los líderes sociales), florecen las justificaciones para la posición que acaban de asumir Iván Márquez y sus cercanos. La ultraderecha sabotea el proceso, y las fuerzas oscuras del pasado hacen otra vez de las suyas, por lo cual, según su lógica, lo mejor es regresar a las armas.

El paso extremo dado por Márquez, sin embargo, trasciende las condiciones difíciles del contexto general y se relaciona, también, con su situación particular. No se puede olvidar que el personaje está incurso en una investigación por narcotráfico, y que un sobrino suyo (Marlon Marín), vinculado a negocios turbios, está cooperando con las autoridades norteamericanas y, quizás, ofrezca evidencia comprometedora contra su tío.

Es seguro que Iván Márquez sopesó con mucha calma su situación especial, y vio abierta la posibilidad no solo de que lo enjuiciaran en Colombia, sino de que lo deportaran a los Estados Unidos, debido a la presión de sus enemigos internos y externos, y al aparataje que en su contra había sido estructurado.

Es muy difícil pedirle a un jefe acostumbrado a luchar con las armas en la mano que se entregue sin más a una justicia permeable a la acción de sus enemigos, y menos si él sabe que hay pruebas que lo comprometen. Es más digno y más ejemplar dar la pelea (y hasta la vida) por unos principios y por una forma de lucha que ha sido su razón de ser desde la juventud.

Antes que preso en Colombia o en una cárcel norteamericana, Márquez asumió la salida más arriesgada que era, tal vez, su única salida. Para él fue preferible proseguir con la vía armada que someterse a unas reglas de juego (legales y políticas) que no comparte, y que conspiran en su contra.

Como los personajes de la novela de Hemingway (Por quién doblan las campanas), Iván Márquez optó por mantener la imagen de héroe en una parte de la izquierda, a cambio de ofrecer un ejemplo de lucha radical, y de ofrendar, si es necesario, hasta la propia vida.

Queda por ver el efecto de la riesgosa opción. No la tiene fácil ni hacia adentro de sus probables seguidores o aliados, ni hacia afuera, donde acechan los enemigos. La estructura guerrillera de las antiguas Farc pasó a mejor vida, como consecuencia de los acuerdos de paz.

Será casi una tarea de Sísifo crear una dirección como el Secretariado, o reorganizar las disidencias para que se conviertan en un partido político-militar efectivo; para conseguir esto último, debe evitar que se desbarranquen hacia el narcotráfico y hacia el comportamiento típico de la delincuencia común.

Con pequeños núcleos de combatientes más llenos de odio que de eficacia para combatir, no es raro que las nuevas Farc del comandante Iván Márquez opten por la estrategia terrorista urbana, con las secuelas trágicas que cabe esperar, si la confrontación se radicaliza y degrada, como en los tiempos de Pablo Escobar.

Por este camino, los fusiles y las bombas no sonarán solo para Márquez y sus seguidores sino para todas las personas que batallan por una sociedad más justa, y para muchos inocentes (no combatientes) que no están de acuerdo con la violencia, pero que pueden sufrirla hasta la muerte.

Márquez no tiene ninguna esperanza de ganar, y quizás él lo sepa. Pero quiere seguir con las botas puestas y, si es del caso, morir con las botas puestas. Una muerte así, luchando por los ideales, sería heroica y digna, al contrario del destino de un preso degradado por el sistema que tanto odia.

Ante la posibilidad de la cárcel, Iván Márquez se inclinó por hacer doblar a los fusiles y a las bombas. Esta es otra carga de dinamita que nos afectará a todos dentro de muy poco.

Un primer efecto quizás golpeará con medidas represivas y punitivas a los sectores alternativos que no comparten el camino de la ultraderecha; otra consecuencia le entregará nuevos tanques de oxígeno al arcoíris que desea arrasar con los acuerdos de paz.

Tal vez en las elecciones que se aproximan tengamos otra prueba indiscutible de las consecuencias negativas del regreso a las armas de Iván Márquez. ¿Por quién doblan los fusiles, sino es contra la mayoría del pueblo colombiano?

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