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10:10 am. Domingo 18 de Octubre de 2020
Opinión
10:10 am. Domingo 18 de Octubre de 2020

A menudo se le oye decir, a personas desinformadas, que la historia es un saber inútil. Esa idea está demasiado lejos de lo que representa la disciplina histórica en el concierto del saber humano, y como instrumento práctico para la vida social.

No me detendré a analizar aquí el papel de los conocimientos históricos en la educación, en la construcción de ciudadanía o en el desarrollo del sentido de pertenencia a un país, sino solo a la relación entre el conocimiento histórico y la teoría política.

La teoría política es ya una franja de saber consolidada, que se ocupa de estudiar asuntos relacionados con el poder, con el Estado, o con los intercambios que se presentan, entre los diversos componentes o subsistemas, dentro de lo que Giovanni Sartori denomina el sistema político.

En la conformación de la teoría política como una ciencia especializada se tienen en cuenta dos momentos definitivos: uno es el desarrollo de la sociedad en sus principales ámbitos, pero sobre todo los que se conectan con el sistema político, si este ya existe o se está formando.

El otro momento es el de la reflexión científica sobre lo político, que, en los actuales momentos, ha adquirido cierta autonomía y mucha importancia por el trabajo de especialistas como Norberto Bobbio, Alain Touraine o Giovanni Sartori, entre otros grandes pensadores sobre esa problemática.

En este nivel de la reflexión teórica es donde cobra mayor importancia el papel de los conocimientos históricos. Estos le entregan al análisis político los insumos necesarios para trabajar los asuntos con conocimiento de causa, partiendo del estudio profundo de la sociedad humana.

No se ha podido desarrollar la teoría política al margen de los saberes históricos, ya que los aportes de los historiadores, a partir de lo concreto de cada época, permiten delinear las características del desarrollo del Estado, de las clases sociales, de la economía, de los partidos y de los diversos tipos de liderazgo, entre otros aspectos de la sociedad.

Esto quiere decir que el teórico de lo político se nutre del trabajo del historiador para determinar los rasgos de la dominación, las características del poder ejercido por una clase sobre otras, y los contornos de los conflictos que han azotado a las diversas sociedades.

Esa interrelación permite establecer que lo político tiene una historia peculiar, aunque interconectada con los otros momentos del contexto social, y que, arrancando de su análisis histórico pormenorizado, se pueden comprender las tendencias o patrones que es posible captar en su proceso, así como los aspectos singulares que solo se corresponden con un período especial de la historia humana.

La historia ayuda a relativizar los conceptos o teorías, en el sentido de verlas como productos de épocas diferentes, y facilita la tarea de construir secuencias o continuidades en el desarrollo de lo político, así como a establecer similitudes y diferencias entre las sociedades que han existido.

Este punto es muy importante porque, teniendo en cuenta las especificidades de cada época, se evita el anacronismo o el arcaísmo de trasladar para otros tiempos lo que solo es especial de uno de ellos.

Es decir, elementos de los sistemas políticos antiguos, por ejemplo, vistos mediante la perspectiva histórica, se entienden en su peculiaridad, y con esto se evita su estudio aislados de su contexto, eliminando el error de usarlos, de manera idealista, para explicar el presente, o cualquier otra sociedad, de manera arbitraria.

Además, todo el bagaje histórico acumulado les sirve a los teóricos de lo político para entender las características peculiares del funcionamiento del Estado, de las clases sociales, de los partidos o de las ideologías, en el marco del ejercicio del poder, o de los sistemas políticos, en cada época especial del desarrollo social.

Pero la historia no es solo importante para nutrir la teoría política, sino que influye, decisivamente también, en la práctica social de los agentes políticos. Hoy se nota que muchas personas y partidos mueven sus ideologías teniendo muy poco en cuenta a la historia.

O sea, las ideologías que, para simplificar, llamaremos de izquierda o derecha, tienen un problema común: se han convertido en sistemas cerrados, herméticos, que no dialogan con los saberes históricos y que, por lo tanto, funcionan más como idearios dogmáticos que como teorías científicas.

Al ser impermeables al saber científico e histórico sobre la sociedad, esas ideologías determinan un comportamiento práctico de sus agentes, que se deslizan muy fácilmente hacia el fanatismo o el dogmatismo, cuya principal fuente es la ignorancia de la historia.

Y cuando esa práctica, dirigida por esas ideologías herméticas, se combina con los intereses creados de los partidos o grupos, se presentan situaciones aparentemente inexplicables, como el que sigan sosteniendo modelos de sociedad que han colapsado, o que no son ya soluciones factibles para mejorar la calidad de vida de la gente.

El desconocimiento de la historia y de la teoría política suele tener efectos catastróficos en la práctica política de hoy. Por ejemplo, los que ahora llamamos neoliberales piensan, ahistóricamente, que el mercado suelto de madre es la única alternativa para resolver todos los males de la sociedad.

Esa idea, dogmática y casi mística, ha sido rebatida por el desarrollo de la sociedad, pues no existe ninguna prueba empírica, derivada del análisis histórico, que permita sostener que el mercado en completa libertad lo resuelve casi todo.

Por el lado de la izquierda, todavía existen personas y grupos que creen a rajatabla que la vía de la dictadura y del estatismo, que propuso Marx en el siglo XIX, es la solución para todos los males. Esta visión tiene su raíz, también, en darle la espalda al saber histórico y a la teoría política.

La experiencia histórica del siglo XX es tan rica que permite asegurar que ninguna vía totalitaria, como la que proponen el marxismo o el fascismo, facilita la solución sostenible de los problemas humanos, sino que, por el contrario, crean situaciones peores que la enfermedad que pretenden curar.

Tanto el dogmatismo del mercado como el dogmatismo estatista le han dado la espalda a la historia y a la teoría política, y por esa razón operan como idearios anticientíficos, como sistemas cerrados, que dan lugar a perspectivas idealistas, místicas, y, en ciertos casos, milenaristas.

Acercase a la historia y a la teoría política es un imperativo categórico de la actual práctica social, para no estar repitiendo errores, y para dejar de proponer aparentes soluciones basadas en ideas que ya fracasaron en la historia.

Quien no conoce la historia está condenado a repetirla, se ha expresado desde hace mucho tiempo. Esta máxima cabe aquí para señalar que los militantes políticos tienen la obligación intelectual de acercarse a la historia y a la teoría política para abandonar la cueva del dogmatismo. No hay más alternativa que está.

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