Unimetro
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10:16 am. Domingo 22 de Noviembre de 2020
Opinión
10:16 am. Domingo 22 de Noviembre de 2020

La crisis por la que atraviesa actualmente la selección Colombia reposa, casi completamente, en la responsabilidad del técnico portugués Carlos Queiroz. Esta se desencadenó con las dos últimas derrotas: contra Uruguay, en casa, y por aquel 6-1 frente a Ecuador, un resultado sacatécnicos.

Planteando una discusión con buenos argumentos, cabe destacar que el marcador de 3-0 ante a los charrúas, a pesar de ser muy amargo, aún no definía la salida del estratega luso. Casos se han visto de entrenadores goleados que luego enderezan las cargas, y continúan su trabajo sin mayores problemas.

La selección alemana y el Liverpool inglés fueron goleados recientemente, pero eso no llevó a la salida de sus técnicos (Joachim Löw, campeón mundial en Brasil 2014; y Jürgen Klopp, campeón de la Premier League 2019-2020, y de competencias europeas). Por el contrario, se les mantuvo la confianza, teniendo en cuenta la historia de su labor y los méritos indiscutibles.

Esta comparación no se hace para sostener que el técnico Queiroz está en el mismo nivel del de los otros dos entrenadores, lo cual sería mentiroso; se hace para destacar que no siempre es procedente despedir un estratega por un resultado, por más catastrófico que este sea.

Desde luego, la trayectoria de Queiroz es muy diferente y menos llamativa que la de Löw y Kropp. Pero al portugués lo trajeron para reemplazar a José Pékerman luego de su experiencia al frente de selecciones nacionales y de su participación en mundiales de fútbol. Es decir, él no vino como un solemne desconocido ni como un improvisado.

Por otra parte, su trabajo al frente de la selección Colombia, si bien no fue excepcional, mantenía, hasta cierto punto, el respeto logrado por Pékerman, al menos en el ámbito suramericano. Se podría argüir que esto fue solo consecuencia de la calidad de los jugadores, pero tal visión sería incompleta.

Antes de la catástrofe que ahora se vive, a la selección no le iba tan mal, pues empezó con victoria en casa (ante Venezuela) y siguió con un empate de visitante (en Chile). Su promedio no permitía presagiar que en las próximas dos salidas toda la estantería del portugués se derrumbaría sin atenuantes.

Lo cierto es que el resultado que saca a Queiroz es el catastrófico 6-1 en Quito, un marcador denominado sacatécnicos. Para colmo de males, no contó con una trayectoria previa, parecida a la de Kropp o Löw, que actuara como un colchón para aligerar el golpe, útil para sofocar la reacción contraria del periodismo y de los aficionados.

Mientras a los otros técnicos los mantuvieron, a pesar de las humillantes goleadas, a Queiroz se le vino el mundo encima. Pero esto no hubiera ocurrido así, partiendo solo del 3-0 en Barranquilla. Había que esperar el juego de Quito para redondear una actitud masiva contra el trabajo del luso, y que generara el penoso y definitivo desenlace contra él. La pregunta que sigue tiene un carácter contrafactual y su utilidad es solo analítica.

¿Qué hubiera ocurrido con la prensa y con los seguidores si Queiroz empata o gana en Ecuador? Lógicamente, no tendríamos la crisis actual y, por lo menos, el portugués habría sacado la cabeza del cepo, a pesar de la goleada en Barranquilla. Es decir, la victoria o el empate en Quito conjuraban (o por lo menos aplazaban) la salida por la puerta de atrás del entrenador europeo. Y abrían la posibilidad de otros futuros.

Pero el 6-1 lo puso en la guillotina. No había forma de rescatarlo, ni acudiendo a su trayectoria histórica con la selección (o con otras selecciones), ni bajo el argumento de las derrotas sorpresivas que ocurren en circunstancias excepcionales. Para colmo de los colmos, el 6-1 siempre estuvo inextricablemente encadenado al 3-0 de Barranquilla en el imaginario colectivo, lo cual se convirtió en la estocada final contra los intereses del técnico.

El presente y el futuro del portugués fueron definidos por la derrota catastrófica y sacatécnicos de Quito; eso lo excluyó de la selección, pues, contrafactualmente, si hubiera ganado o empatado allí, la mayoría no estuviera en el carro de sacarlo, como ocurre ahora.

A este hecho hay que añadir que la selección lució muy mal en Quito, con sus estrellas eclipsadas y con una defensa muy mal estructurada. Ecuador nos hizo lucir ridículos y con rostro de equipo chico, y la mayor parte de esa ridiculización le corresponde al estratega, que no supo parar bien al onceno.

Sin mucha creación, sin fuerza en el ataque y con una debilidad extrema en la defensa, los ecuatorianos nos pasaron por encima, algo que hace rato no se veía en un campeonato mundial de selecciones. Ese resultado inaudito acabó con la credibilidad de Queiroz, e impactó muy negativamente en el vestuario. La cuota inicial de la tragedia, y de la hecatombe del técnico, había sido el 3-0 en Barranquilla; pero el 6-1 rebozó la copa.

Teniendo en cuenta todas estas circunstancias, la única salida posible para los seguidores del equipo, para las directivas del fútbol, para la mayor parte de los periodistas y para el propio Queiroz consistió en que abandonara el barco. Nada de lo que había hecho antes con nuestra selección ameritaba entregarle un compás de espera, como hicieron en Europa con Klopp y Löw.

Ahora hay que escoger otro técnico para orientar a la selección, ojalá alguien más sintonizado con las características del fútbol suramericano, y que conozca un poco mejor nuestra idiosincrasia, y las debilidades y fortalezas del fútbol nacional.

Un líder que sepa unir y motivar a los muchachos del equipo en torno al logro de participar en la última etapa del Mundial de Qatar. Un técnico con experiencia en selecciones nacionales, y con la suficiente inteligencia para parar un equipo sólido, que juegue bien, y que no se deje golear tan fácilmente.

Las goleadas de Queiroz nos regresaron, simbólicamente, a aquellos tiempos en los cuales las grandes potencias y los oncenos medios de Suramérica nos percibían como un equipo chico, al cual se le pasaba por encima sin problemas.

Esas catástrofes futbolísticas borraron, violentamente, el progreso innegable de la selección en las últimas décadas, centrado en un juego vistoso, con excelentes jugadores y con mucha solidez en todas sus líneas, de la mano de técnicos nacionales o extranjeros. Ese retorno a un pasado de equipo chico no le podía caer bien a nadie en este país.

Ahora lo único posible es reprogramar el futuro recuperando lo bueno de nuestro pasado. Es necesario restituir, con el entrenador que reemplace a Queiroz, la trayectoria histórica de las últimas décadas, según la cual Colombia jugaba con cualquiera y podía perder o ganar, pero nunca dejando la imagen de un cuadro tan desbalanceado y sin capacidad.

Es pertinente recuperar lo que ya está sembrado en el imaginario colectivo, con buen fútbol, magníficos jugadores y mucho orden para jugar. Si alcanzamos ese nivel de nuevo, este será suficiente llegar a Qatar. Tal es el principal reto del técnico y de los jugadores. Si ya estuvimos, con ese juego, en los últimos mundiales, ¿por qué no se puede repetir?

Carlos Queiroz

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