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Opinión
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Desde los procesos de independencia vivido en América (anglosajona y Latina) se abrió un nuevo escenario histórico que estuvo truncado por los imperios europeos que campeaban en dichos territorios por varios siglos. Desde esta coyuntura, es muy difícil de entender, y sobre todo para nuestra América morena,  que muchos de sus más relevantes episodios no se pueden explicar  sin la intervención del gigante anglosajón americano.

Desde el mismo proceso de independencia de Hispanoamérica la urgencia de Estados Unidos por establecer relaciones diplomáticas con las nacientes repúblicas permite develar muchas de las intenciones estadounidenses, las que se han definido por sus intereses y necesidades, muy dependientes de la situación que, a nivel regional o mundial, presentaba Estados Unidos.

El fenómeno ha sido un tema de análisis de numerosos estudiosos del tema (Jerome Levinson, Juan de Onis y Eric Hobsbawm, entre otros) que,  en términos generales concuerdan en que hay tres hitos relevantes al respecto y que siempre están asumidos desde los intereses estadounidenses.

 El primero de ello se viene desde la época de la Doctrina Monroe, a principios del siglo XIX y que, de una manera más que clara, Estados Unidos busca instituirse como “La potencia regional” y ahuyentar los intereses de las imperialistas potencias europeas de la época. Esta situación fue denunciada por relevantes estadistas hispanoamericanos, como por ejemplo Diego Portales en Chile, quien se preguntaba por cuál era el interés de Estados Unidos por realizar, a través de su presidente, esta declaración de intereses, sin haber consultado en nada a las nacientes repúblicas y menos aún (lo expresa Portales en una carta privada a su socio comercial José Manuel Cea) haber ayudado en el proceso de su independencia. Esta política fue mantenida por Estados Unidos incluso después de la Primera Guerra Mundial en que, a pesar de que el centro del capitalismo se desplaza al norte de América y por primera vez sale de Europa, la actitud estadounidense vuelve sobre la política internacional marcada por George Monroe hacía casi cien años: no se reconoce como potencia mundial, se niega a firmar el Tratado de Versalles y a formar parte de la Sociedad de Naciones. Esta misma situación será la que le impida ver las terribles consecuencias de la Crisis económica de 1929 que, desde su territorio, se extendió como reguero de pólvora al resto del planeta, al no ser capaz de evaluar el impacto de la repatriación de sus capitales,  a esas alturas el principal acreedor del mundo (situación que fue destacada por el propio Winston Churchill por aquellos años).

Desde principios del siglo XX se va acentuando el imperialismo económico de Estados Unidos en América Latina. La fuerte injerencia que ya tenía en las naciones centroamericanas se deja sentir con mayor fuerza en América del Sur, producto de las consecuencias negativas de la Primera Guerra Mundial para Inglaterra y, por el contrario, muy positivas en términos económicos para Estados Unidos, que la erigen como una nación con excedente de capital que, bajo la lógica capitalista, busca internacionalizarse y ve en América Latina un espacio prioritario para ello. Lo anterior se verifica en que en muchos países del cono sur americano el capitalismo inglés termina siendo desplazado, la libra esterlina deja de ser la principal divisa y Estados Unidos y el dólar adquieren ese lugar de privilegio. Las mismas terribles condiciones de la crisis para nuestras economías, que dependían de la exportación de materias primas al mercado internacional, generaron condiciones muchas veces más favorables a los capitales estadounidenses que los que se habían entregado al capitalismo inglés en el siglo pasado,  los gobiernos asumieron como prioritario superar la cesantía y reactivar espacios económicos fuertemente impactados por la crisis y no en poner condiciones al capitalismo estadounidense con el fin de salvaguardar los recursos básicos para sus habitantes. Lo anterior  llevó a que los capitales de América del norte afectaran incluso a las oligarquías locales que habían convivido de manera más complementaria con los inversionistas ingleses. Es esto lo que explicará los  posteriores procesos de nacionalización y las críticas a las excesivas utilidades obtenidas por los inversores estadounidenses. En definitiva una crisis que nace en Estados Unidos, que provoca tremendas repercusiones negativas dentro y fuera de su territorio, se termina convirtiendo en una oportunidad para consolidar su influencia y una excelente posibilidad de negocios.

 Al término de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos ya se define como una potencia mundial y el desarrollo de la Guerra Fría, que busca la definición ideológica de los países, resultaba ser una especia de carrera en un mundo marcado por las nuevas superpotencias. Estados Unidos no podía permitir que su espacio natural de influencia (aún antes de su carácter de potencia mundial) pudiera convertirse en escenario de esta nueva forma de enfrentamiento, lo que podría afectar el prestigio del Gigante Capitalista que, incluso podía debilitar su influencia en otras partes del mundo y afectaría la confianza de los aliados de la OTAN en la posibilidad de que Estados Unidos pudiera liderar la lucha del capitalismo contra el monolítico bloque comunista. La diplomacia estadounidense no perdió tiempo y la firma del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (el TIAR) y la Organización de Estados Americanos que buscaban, en la letra chica, definir el alineamiento capitalista de nuestra región y alejar la apostasía del marxismo. Lo anterior permite sentar las bases para las políticas reformistas que, fracasadamente, Estados Unidos buscó aplicar con nuestros países (Alianza para el Progreso) y en especial la acentuación de los medios ilegales derivados de la lucha antisubversiva y en contra del “enemigo interno” que le llevó a imponer y mantener gobiernos cívico – militares de triste recuerdo para nuestro pasado reciente.

La caída de la URSS y el fin del orden bipolar ha generado certezas e incertidumbres en esta relación. Las certezas por una cierta claridad de que el modelo capitalista (con todas sus posibles aristas reformistas) se ha impuesto en la región  (la supervivencia de Cuba y los intentos aislados en otros países no son capaces de disputar la hegemonía del continente, parecen más bien un saludo a la bandera de esperanzas y sueños pasados). Las incertidumbres no provienen de la amenaza de un modelo alternativo, sino que de la  visión del Presidente estadounidense de turno:   nos hemos movido entre la política exterior de Obama que (no sé con cuanta sinceridad) prometió un nuevo pacto en la región inspirado en el reformismo de la Alianza para el Progreso y la política agresiva de Trump que, a partir de revivir el TIAR de 1947 y facilitar la posibilidad de la intervención militar (por ejemplo en Venezuela)  parece revivir lo peor de la Guerra Fría pero sin la amenaza y la urgencia generada por la expansión del Comunismo, sino como resultado de los desvaríos de un excéntrico y peligroso  gobernante.

 

                 

 

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