Universidad Metropolitana
9:02 am. Domingo 05 de Abril de 2020
Opinión
9:02 am. Domingo 05 de Abril de 2020

Se ha abierto un debate interno y externo, en la actual coyuntura de la pandemia por el covid-19, acerca de qué se debe proteger primero, si la economía o la salud humana. Este parece que se ha resuelto, en la mayoría de los países, a favor de la defensa de los seres humanos, por encima de la protección de la economía.

Como debía ser, claro está. Aunque el miedo a dañar la economía provocó posiciones erráticas y medidas tardías, que contribuyeron en la expansión de la enfermedad en casi todo el planeta. De todas formas, detener el movimiento económico tiene efectos que podrían sumir a la sociedad en una catástrofe, si los gobiernos no se esfuerzan a fondo.

La propagación de la pandemia dejó claro que los problemas sociales no se resuelven por el simple discurrir espontáneo de la economía de mercado, y que invertir en salud y educación es la mejor estrategia preventiva para soportar el feroz ataque de un virus para el cual no existen vacunas. Los países con una población más educada, y con sistemas de salud bien estructurados están mejor preparados para aguantar los embates de cualquier pandemia.

Para analizar el efecto de la enfermedad sobre la población y la economía, dividiré a esta última en tres grandes sectores: el primero es el sector primario, en el cual se agrupan las actividades y las empresas productivas muy ligadas al medio natural, como la agricultura, la ganadería, la pesca, la minería, etcétera. Este sector se encarga de producir lo que los economistas llaman bienes primarios.

El otro sector, el secundario, también es productivo (en el sentido de la teoría valor-trabajo), pero mantiene una lejanía relativa con el medio natural, y agrupa las actividades o empresas manufactureras, específicamente industriales y marcadamente urbanas. Este renglón aún es esencial, porque está ligado a la generación de máquinas, tecnologías y, en general, de medios de producción y bienes de consumo, fundamentales para el funcionamiento social.

El último bloque que tendré en cuenta es el denominado sector de los servicios, en el que caben el comercio, los servicios de salud, la banca, entre otros. Se caracteriza porque en él se agrupan las actividades y empresas que no producen medios de producción o bienes de consumo en sentido estricto, sino que ofrecen servicios, sin los cuales no podrían existir las sociedades contemporáneas.

El problema con la pandemia ha sido que se propaga muy rápido, aprovechando los modernos medios de transporte y la integración de los países, que no solo es económica, sino educativa, cultural, deportiva, etcétera. La globalización es la mejor arma del coronavirus para atacar, y en esto le secundó la carencia de una vacuna para contrarrestarlo.

El escándalo que ha provocado (con la ayuda de los medios de comunicación tradicionales y de las redes sociales), y su gran morbilidad (capacidad para contagiar), lo han convertido en algo terrorífico para la gente, para los gobiernos y para los sistemas de salud, estos últimos muy desbarajustados en muchos países por las inconsecuentes políticas neoliberales.

Ante el avance vertiginoso de la enfermedad, el único camino que queda abierto es el de la prevención, mediante el distanciamiento social y las rutinas higiénicas. Pero para aplicar eficazmente ambas, el mejor mecanismo con que se cuenta es la cuarentena, es decir, el encierro obligado de las personas, para protegerlas del contagio.

El grave problema de la economía nacional (e internacional) es que enviar a la población para la casa, significa detener o ralentizar demasiado el movimiento económico. Todos los sectores de la economía se recienten con una parálisis de este tipo.

El aletargamiento del sector primario afecta la producción de minerales de exportación, y ejerce un efecto negativo, combinado, sobre la economía interna y el comercio exterior, dañando los ingresos del país por exportaciones. Así mismo, pone en aprietos a los empresarios y trabajadores, que ven peligrar sus ganancias y sus salarios.

El toque sobre la producción agrícola y ganadera es similar, aunque el efecto golpea peor a los consumidores. Si se reduce la producción de alimentos, una secuela directa es la especulación (y la inflación), por lo cual se deterioran el abastecimiento y el nivel de vida de las mayorías, como ya se ve en el país por el comportamiento de los almacenes de cadena y de los tenderos.

Quizás el golpe en el sector secundario no sea tan severo como en gran parte del primario. Muchas empresas productoras de bienes de consumo manufacturados (como los alimentos) podrían beneficiarse de la crisis, si se mantienen los canales de distribución y se permite que sigan operando, aunque sea con restricciones.

Pero las empresas manufactureras que venden artículos diferentes a los alimentos y que están conectadas a la exportación, sufrirán un golpe de catástrofe, que se ampliará en cuanto se amplíe la cuarentena. Aquí el problema no es solo el de las ganancias de los capitalistas, sino también el de los ingresos de los trabajadores.

Un cierre masivo de industrias provocará una devastación en los beneficios, pero, igualmente, lanzará a la desesperanza a los asalariados. Algunos empresarios y grupos económicos con músculo financiero han prometido preservar los puestos de trabajo, a pesar de las pérdidas. Pero esta salida momentánea no puede ser indefinida, pues los recursos tienden a agotarse.

El sector de los servicios sigue en operación parcialmente, y algunas ramas de este hasta podrían salir fortalecidas de la crisis, pues trabajan apoyándose en Internet, y su papel se concentra en la distribución de bienes y servicios. En el plano global, empresas como Amazon podrían sacarle una gran tajada a la parálisis, del mismo modo que las sociedades de giros y envíos en Colombia obtendrían su boom particular.

Pero los bancos, el comercio, los cines y otras actividades atravesarán dificultades muy duras, en materia de ganancias y en cuanto a la conservación de los puestos de los trabajadores. El sistema financiero sufrirá demasiado con la reducción de los pagos y con el drástico declive de las actividades, de las cuales depende su rentabilidad.

El renglón de la salud tiene el privilegio (y el drama) de soportar el mayor peso de la crisis por el virus, y quizás algunos de sus renglones se beneficien por el uso de su capacidad instalada, sobre todo porque estos fueron privatizados hace un tiempo. Sin embargo, una explosión incontrolable de la pandemia generará una situación terrible, por la escasez de medios para manejarla, como ocurre en Europa y los Estados Unidos.

Es decir, el coronavirus ha puesto en jaque la economía nacional y la estabilidad de sus sectores económicos y sociales. Lo mejor que podría ocurrir es que su propagación sea controlada lo más pronto posible, o que apareciera en algún lado una vacuna salvadora.

De no ser así, el paso del tiempo y la ralentización económica destrozarán aún más el tejido social y empresarial. Ya los organismos internacionales vaticinaron la pérdida de unos 25 millones de empleos, si el comercio sigue colapsado. Así mismo, la parálisis económica provocará una caída en el Producto Global Bruto de un 5%, en un mes o un poco más.

Las empresas o actividades del sector servicios vinculadas al turismo y al transporte aéreo, cayeron ya en una crisis terrible, con cesación de pagos y de ingresos, lo cual afecta gravemente las ganancias y los salarios de los trabajadores. La actividad de los cruceros está completamente colapsada y demonizada.

Los analistas económicos de Colombia suponen que en un mes o más de parálisis se producirá un descenso de un 10% en el Producto Interno Bruto, y un impacto tremendo sobre el crecimiento. El efecto en el nivel del empleo formal podría ser de 2 o 3 puntos por encima del desempleo existente, lo cual aumentaría la bomba social por este rubro.

Colombia padece los mismos problemas que Latinoamérica en cuanto a economía o empleo informal. Aquí hay otra bomba de tiempo, pues la mayoría de los trabajadores ambulantes y estacionarios perdería su ingreso por el cese, y quedaría más expuesto que el resto de la población, al carecer de prestaciones sociales y de vinculación al sistema de salud.

La Cepal ya planteó que la crisis económica y social, conectada con la pandemia, podría ser más fuerte en América Latina, debido a que la informalidad laboral es muy alta, alcanzando en algunos países el 50% o más de las fuerzas de trabajo. El renglón de los trabajadores informales requiere también un tratamiento especial por parte de la sociedad y el Estado.

El liderazgo para enfrentar esta pandemia de contornos desconocidos le corresponde al Estado, pero también a los partidos, a las empresas, a los líderes políticos, a los científicos y a los médicos y enfermeras.

La tarea más importante es frenar al virus, y en eso el trabajo nos involucra a todos. A las mayorías, respetando y siguiendo las medidas preventivas y sanitarias que corresponden. Y al gobierno, haciendo lo que se debe para dotar y mejorar el sistema de salud.

Entre las estrategias que se pueden asumir para preservar las medianas y pequeñas empresas intensivas en empleos, tiene que estar la entrega de fondos de salvamento con cargo al presupuesto nacional, y con planes muy flexibles de reembolso.

Las grandes empresas poseen más fuelle para aguantar más tiempo, pero eso tiene un límite. Si la cuestión se complica, podría utilizarse el mecanismo de la nacionalización momentánea, como se aplicó en la Segunda Guerra Mundial, y como lo están comenzando a aplicar algunos países del norte de Europa. Esto debe ejecutarse así porque el cierre de una gran empresa no solo afecta las ganancias de los capitalistas, sino los ingresos y la estabilidad de los trabajadores.

En fin, la economía y la población nacional están expuestas a una grave crisis que ya no es solo de salud pública, sino que compromete seriamente el presente y el futuro de la nación. De la templanza y visión de nuestro liderazgo (y de todos) dependerá que podamos salir, con el menor daño posible, de esta gran encrucijada.

  

          

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