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5:00 am. Domingo 17 de Enero de 2021
Opinión
5:00 am. Domingo 17 de Enero de 2021

Entre tanto caos y una juventud a la que le exigen salvar el desastre que al parecer nuestra generación creó y no pudo solventar, con un ecosistema que desubica a nuestros muchachos de hoy que viven a años luz de lo que el sistema les pide, se alegra el público nacional al enterarse que Alejandro Salas, un joven barranquillero de 17 años, del colegio público Alexander Von Humboldt, ha derrotado a todos sus compatriotas, de colegios públicos y privados, en las pruebas SABER, con un puntaje perfecto, nunca antes visto. ¿Se equedará en Barranquilla? ¿Qué podemos ofrecerle? ¿Lo dejaremos ir?

Esta historia no es nueva. Ya desde 2015, el Instituto Técnico de Comercio, el colegio Jorge Nicolás Abello y otra vez el Instituto Alexander Von Humboldt fueron los mejores del país en primaria, secundaria y media, respectivamente. Los contradictores irracionales del ex alcalde Char y su política continuada con Elsa Noguera y ahora seguida por Pumarejo, están rasgándose las vestiduras y en silencio, buscando errores en algún punto de dicha política, que sólo da luces de un futuro mejor para cualquiera que intente lograrlo en Colombia, y en especial, en Barranquilla. El Índice Sintético de Calidad Educativa (ISCE) que debería evaluar a todos los colegios, al Nueva Granada, al Moderno, al Parrish y al Van Humboltd por igual, mide cuatro aspectos: progreso, eficiencia, desempeño y ambiente escolar. Con estos parámetros fueron evaluados ya hace unos años, más de 15 mil instituciones de primaria, más de 9 mil de secundaria y de educación media de todo el país. Barranquilla, viene con esta política en pro de la educación pública primaria y secundaria desde hace más de 12 años y ha continuado en cada uno de los gobiernos subsiguientes a Alejandro Char. Este apoyo, sumado a magníficos maestros que imprimen su alma en cada estudiante y que buscan su mejor desempeño, rectores que invierten vida en sus instituciones y estudiantes capaces y virtuosos que quieren salir adelante, ubican a la ciuda en un lugar excepcional de un país pobre, pero nada diferente si se le compara con el deber ser, a lo que se debe aspirar en un país sin tanto atraso, privilegio e inequidad, en un índice internacional.

Los entes públicos de la ciudad han dotado de estructura física las instituciones, de tecnología, de atención a la primera infancia, de estímulos al maestro, al profesor que guía a nuestros muchachos, inculcando una educación holística. Pero falta mucho más. Barranquilla no puede aspirar simplemente a sentarse como el burro, a comerse las flores que le echan desde el gobierno nacional y el interior, que le riegan en toneladas lambones y ventajosos locales. Debe mirar como siempre hacia al mundo, intentando llegar mucho más lejos que lo que su propia meta local le exige con el fin de formar ciudadanos cosmopolitas, habilidosos, éticos, críticos y capaces de toda buena obra.

Alejandro Salas, estudiante con "puntaje perfecto"

En la práctica, egresados del Humboldt como Jonathan Romero, quien ha sido estudiante de Harvard cursando un doctorado en Química Física; Tatiana Escárraga, quien estudio en la Universidad Nacional y ha participado como editora en el diario El Tiempo, El País de España o la revista Marie Claire, son ejemplos claros de éxito de colegios públicos como el Humboldt pero que también revelan un problema silencioso: La inserción de estos talentos en el mundo universitario, no se hace en la Universidad Pública local, la cual se supone que debe llenar las necesidades en Barranquilla. Vale la pena, que estos esfuerzos no sólo se mantengan sino que se profundicen y a la vez se enlacen con el estudio de educación superior, dotándola de calidad, con infraestructura suficiente, sin paros innecesarios y politizados por dinosaurios estudiantiles, con profesores que sin palancas y que por mérito, con las más altas credenciales académicas y humanas, rijan el devenir de la Universidad local que al igual que sus pares de primaria y secundaria, apunte a estar en los primeros lugares de índices nacionales e internacionales. Pero no, estamos lejos de eso.

Basta ya de quejas, de reproches. Necesitamos como ciudad que ese talento no se vaya, no huya, no se escape de una ciudad que se enorgullece de sus lumbreras criollas que tuvieron que salir para poder triunfar. ¿Y si logramos que se queden? ¿Y si sus fortunas se crean aquí? ¿Y si su ejemplo lo vivimos a diario en nuestras calles? ¿Y si solo salen al exterior o al interior, que es muy parecido, sólo para nutrirse de otra geografía, de otras culturas, de otra forma de ver la vida, para volver con su conocimiento a beneficiarnos a todos? ¿Y si así como queremos ser un Cluster de Industria, de Comercio, de Medicina también nos lo proponemos para la educación y traemos a las mejores universidades aquí, locales e internacionales? ¿Por qué no?

Bravo por Barranquilla. Bravo por el Van Humboldt. Bravo por Alejandro Salas. Pero no nos quedemos allí. Avancemos, verdaderamente imparables, en instituciones de educación superior no cooptadas por corrupción, con profesores únicos, críticos e irrepetibles, con una continua prestación de servicio que permita a nuestros talentos quedarse, echar raíces y permitir que su sombra, la del privilegio intelectual, beneficie a todos los barranquilleros y atlanticenses. Bravo, si entendemos que debemos mantener lo bueno y mejorarlo a diario y corregir en absoluto aquello que ha demostrado no servir, no dar fruto. Para una verdadera Barranquilla imparable se comienza con una Barranquilla bien educada.

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